Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | Page 431

Historia insolita de la musica clasica I www.librosmaravillosos.com Alberto Zurron manera de hacerlo que acudiendo a una ridícula pantomima. Se enfundó un abrigo, se metió un par de rellenos a la altura del pecho, luego vistió a una muñeca con otro abrigo más pequeño y se presentó ante ella empujando una cuna. Como casi todas las respuestas, la ansiada por Richard también se quedó en el aire, pero en aquel caso el que levantó el portazo que Minna le dio en las narices, encolerizada por la tontería. Sólo un año después ella se fugaba con un comerciante, algo lógico teniendo en cuenta que Wagner aún no le había quitado el abrigo al muñequito. Reanudaron la convivencia meses después, pero aquella cuna, al menos en aquella casa, quedó para siempre vacía. Si para entrar en el reino de los cielos había que portarse como niños los músicos se hallaban en una encrucijada, porque entraron en aquel reino de adultos y la aliviadora falta de cielo les condujo a ser como niños. Decir cielo y decir niños es meter ambos elementos en un pleonasmo y confundir injustamente una cosa con otra. Los músicos no sobreactuaron infantilmente para entrar en reino alguno, no necesitaban conducirse en algún rol ni pagar peaje alguno. En el cielo que ellos conocían no había reinado alguno, sino sólo una combustión de notas musicales que hacía posible respirar hacia dentro y, por tanto, sobrevivir sin necesidad de salir a respirar a la superficie. Las actitudes infantiles jamás rayaban en la frivolidad, sino en la pureza, como una forma de sacudirse pesos y honduras. La fórmula mágica de la sonrisa era la fórmula química más sencilla que existía, porque empezaba en un do y finalizaba en otro do en aquel círculo mágico de la armonía donde, ahí sí, para entrar había que hacerse como niños, pero sólo mientras, como ellos, fuera posible pensar en un reino donde no cupiera la muerte. La abstracción de esta, de tanta vida como ya portaban sus obras, es lo que hacía llevadero ese reino, esa forma de llamar para siempre a las cosas no por su nombre, sino por sus notas y por sus títulos. 431 Preparado por Patricio Barros