Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | Page 419
Historia insolita de la musica clasica I
www.librosmaravillosos.com
Alberto Zurron
hacerte amigo de Ravel no era llevándotelo a una casa de citas, sino a una
almoneda de antigüedades. Sobre su épica casa de Monfort sigue relatando
madame Jourdan: «No puedo describir aquí la gran cantidad de cajas de
colores, objetos de cristal, genios de botella y vasijas de 1880 encima del
piano, las lámparas, tinteros en forma de catedral y plumas de ganso sobre
su escritorio. Su última adquisición, que cualquier visita estaba obligada a
admirar, era una caja mecánica sobre la cual se posaba un ruiseñor que
cantaba la más hermosa de todas las canciones: cuando abría el pico y batía
las alas (confeccionadas con plumas auténticas) Ravel entraba en éxtasis».
El mismo éxtasis pretendía alcanzar Chaikovski cuando le pusieron por
primera vez un teléfono en la mano, pero lo único que alcanzó fue un horror
vacui. Ocurrió en la ciudad de Berlín corriendo el año 1888, sólo cinco años
antes de su muerte. Anonadado por las posibilidades que abría aquel invento
escogió comunicación con la ciudad de Leipzig y pidió que le pusieran con su
amigo el violinista Adolph Brodski, encargado de la premiere de su Concierto
para violín. Lo cierto es que el compositor se puso tan nervioso al escuchar
una voz al otro lado que apenas pudo articular palabra.
El mismo terror manifestaron los hijos de Rachmaninov cuando por fin vieron
a su padre meter las marchas de su vehículo nuevo, tembloroso de emoción.
A principios de 1909 (35 años) escribía a un amigo de qué dos muletas
pretendía servirse para caminar recto en la vida: «No sería mala idea
procurarme un secretario, a poco que el montón de correspondencia
comercial a despachar estuviese en relación con el de mis bienes materiales.
¡Pero antes de conseguir un secretario me gustaría comprar un automóvil!
¡No puedo explicarte lo que deseo tenerlo! ¡Cuanto necesito es, pues, un
secretario y un automóvil! De no ser por eso ya tendría todo lo que se sueña
tener en la vida». De aquel sueño motorizado participaba también Alban
Berg. Cuando por fin pudo comprarse un Ford de cuarenta caballos lo
primero que seguramente le ocupó fue escribir unas quinientas cartas
utilizando con profusión el carrete rojo; una de ellas era para su entrañable
419
Preparado por Patricio Barros