Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | 页面 405
Historia insolita de la musica clasica I
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Alberto Zurron
En fin, el señor Rubinstein no tenía conflicto alguno de prioridades en las que
gastar su peculio: en función de la hora del día o de la noche sabía
perfectamente dónde desenrollar sus billetes. Tampoco padecían este tipo de
problemas selectivos Rossini y Paganini, buenos amigos. El primero se lo
gastaba todo en comer y el segundo, avaro como pocos, sólo sabía ahorrar
lo que ganaba para proteger el futuro de su hijo Achillino. Cuando
coincidiendo con el carnaval de 1817 Paganini viajó a Roma y se encontró a
Rossini, idearon alguna juerga que no sólo les saliera barata, sino también
rentable, así que se disfrazaron de mendigos, se hicieron con una mandolina
y una guitarra y llamaron a su amigo Máximo d’Azeglio, a la postre famoso
escritor. Este fue el que se encargó de implorar limosna por las calles
mientras el orondo Rossini le daba a la mandolina y el escuálido Paganini a la
guitarra. El propio Paganini se comportaba como un niño con su pequeño
Achille. Este ya padeció las desdichas de ser hijo único en aquel siglo sin
maquinitas bajo los pulgares, pero su situación se agravó cuando los padres
se separaron contando sólo con tres años de edad, debiendo el violinista
ocuparse de su guarda y custodia, hasta el punto de guardarlo y custodiarlo
mejor que a su colección de violines, con un celo rayano en lo patológico.
¡Cómo explicar a mis lectores lo que es tener actualmente en casa una hija
de tres años y medio, cómo explicar la cantidad de torturas y bufonadas a
las que somete a su padre a esta edad de 45, más apropiada para las
contracturas que para los contratos con un personaje tan pequeño! Créanme
si les digo que Paganini fue bastante mejor tratado que este autor cuando las
bromas de su hijo se reducían a esconderle por casa los zapatos antes del
concierto. Entonces el violinista recorría a cuatro patas todos los rincones
dejando deliberadamente para el final el lugar más obvio: el colchón de la
cama, bajo el cual siempre solían aparecer.
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Preparado por Patricio Barros