Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | Página 400

Historia insolita de la musica clasica I www.librosmaravillosos.com Alberto Zurron Aún cumplidos los cuarenta años uno de sus pasatiempos favoritos seguía siendo entablar combates marítimos sobre un cartón cuadriculado. Se ponía de rodillas y oír de sus labios el agua, el tocado o el hundido llenaba de buena disposición hasta al más acérrimo de sus enemigos. De aquella misma época eran sus escapadas veraniegas a Ivánovo, donde se concentraban las dachas puestas por el régimen soviético en las que el músico era el único animal que tropezaba hasta setenta veces siete en la misma dictadura. Para llegar a la Casa de los Compositores había que bajar del tren en una estación cuyo cartel rezaba: «Ivánovo, clasificación de FF. CC.». Donde había algún acrónimo normalmente Prokófiev siempre leía una chiquillada, de manera que dio una peculiar vida a aquellos «Ferrocarriles» y en las cartas que remitía desde allí se limitaba a poner en los sobres: «Ivánovo, clasificación de fe-ca-les». El 13 de julio de 1935 residía en la cabaña a la que solía retirarse a cierta distancia de la casa de reposo del Teatro Bolshoi cuando hizo por carta a su esposa Lina un inventario de sus heterogéneas ocupaciones: «En una ocasión jugamos al pillapilla, y nuestros bailarines corrían tan rápido que las piernas me dolieron dos días». Todo un contrapeso para la seriedad y concentración que su tronco creador requería: «Estoy en el tercer acto de Romeo y Julieta, entregué la marcha para la Espartaquiada, terminé la adaptación para piano del Concierto de violín, envié el álbum de diez piezas para niños». No se dejen impresionar; en realidad eran cortinas de humo para ocultar a su mujer que con quien más frecuencia jugaba al pillapilla de puertas adentro cuando los bailarines se cansaban era con Mira Mendelssohn, su amante oficial y esposa después, hija de un jerifalte del partido comunista, cuyas visitas eran constantes en aquel picadero donde ambos daban rienda suelta a su creatividad. La gente seria se quedaba en la Casa de los Compositores y trataba de matar las tentaciones a base de encadenarse al siguiente opus por los tobillos. Pero no sólo era Prokófiev el correoso animador de aquel cementerio de elefantes. Cuenta el compositor Nikolai Peiko cómo la habitación común 400 Preparado por Patricio Barros