Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | Seite 393
Historia insolita de la musica clasica I
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Alberto Zurron
horribles artículos que me pagan muy mal…». En abril de ese año se
desahoga con su amigo Humbert haciendo inventario de sus cuatro
enfermedades principales: «Trabajo como un negro para cuatro periódicos,
lo que me produce el pan de cada día. Ellos son el Rénovateur, que paga
irregularmente; el Monde dramatique y la Gazzette musicale, que pagan,
pero poco; y el Débats, que paga bien». En ese mismo mes la víctima era su
hermana Adèle: «No sabes hasta qué punto soy esclavo de un trabajo
inevitable… Muy a menudo, por las noches, debo salir a visitar los teatros
que pertenecen a mi provincia y tomar parte de las depravaciones que
cometen, para así poder escribir unas notas sobre ellos al día siguiente». El
contrapeso periodístico dejaba así de asfixiada su vena creativa en diciembre
de ese año: «No he hecho nada este año, excepto el canto sobre la muerte
de Napoleón […]. Esta necesidad de sacrificarme no sólo a mi arte, sino
también a cierto beneficio financiero debido a la imposibilidad de poder
escribir y a la necesidad de tener algo para vivir mientras compongo es una
de las más abominables burlas que puede resistir un hombre», se lamentaba
a su hermana Adèle. En septiembre de 1843 aún era posible detectar el ADN
de sus lágrimas en los pliegos; a un tal doctor Burke, de Leipzig, le intentó
arrancar solapadamente un diagnóstico: «Estoy atado en París como Gulliver
en Liliput por mil vínculos imperceptibles; sufro de falta de aire y espacio y ni
siquiera puedo componer… No tengo tiempo de ser músico… Debo emplear
todas mis horas trabajando para vivir, pues la música no me produce nada
sino hasta mucho después de escrita…». El 14 de noviembre de 1856 le tocó
a la princesa Von Sayn-Wittgenstein, por entonces amante de Liszt y, por
tanto, un mojón magnético a donde iban a estrellarse todos los hierros y
herrumbres de la época. Comentándole la difícil gestación de su ópera Les
Troyens daba a la princesa una inevitable pasada de rodillo: «Compongo un
fragmento en dos días, y algunas veces en uno, y luego me lleva tres
semanas el rumiarlo, pulirlo e instrumentarlo… Un artículo escrito hoy me ha
interrumpido, otro me interrumpirá pasado mañana y las cosas seguirán así
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Preparado por Patricio Barros