Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | Page 39

Historia insolita de la musica clasica I www.librosmaravillosos.com Alberto Zurron resuelto por unanimidad dejar su obra en manos del portero de la ópera. ¿Quiere tener la bondad de retirarlo cuanto antes? Es muy fácil que ese hombre lo extravíe. Con los más cordiales saludos». No era infrecuente el desdeño del músico superior sobre el advenedizo, que a su vez era el superior de un advenedizo posterior y así sucesivamente en un encadenamiento que destilaba indiferencia de arriba abajo y ansias de referencia de abajo arriba. Cuando Bruckner terminó su Segunda Sinfonía estaba convencido de haber traído al mundo un referente prodigioso, así que decidió dedicar la partitura original a Franz Liszt; sólo que el abate Liszt estaba por entonces más ocupado en obedecer a Roma que a su instinto musical y se limitó a dos cosas: a escribir una somera carta de agradecimiento al autor y… a perder la partitura, que por azares del destino llegó de nuevo a manos de Bruckner, así es que decidió no darle al césar lo que no era del césar, sino a Dios lo que era del beato Bruckner, que era casi todo aquello que compuso. Otro de los históricos olvidos selectivos fue el del ebrio y descuidado Glazunov, quien para sobrevivir se aplicaba cada mañana un repelente contra la música de Rachmaninov, de la cual decía que contenía «mucha sensibilidad, pero carecía, en cambio, del menor sentido», despreciándola finalmente por su «indigente sentimentalismo». Con tales argumentos Rachmaninov tenía material suficiente para no dedicarle ni una sonrisa, pero lo hizo con su Concierto para piano nº 4. Ambos compositores se encontraron en París en 1932 y para Rachmaninov no fue ninguna fiesta: tras entregar en mano a Glazunov la partitura éste se la dejó olvidada en un taxi. Tampoco el pianista Glenn Gould apreciaba la «empalagosa» música del ruso, que calificaba de «absolutamente intolerable», salvando de la quema tan sólo la Rapsodia sobre un tema de Paganini. A la misma altura ponía la música de Scarlatti, cuyo único lugar de la casa donde podía más o menos tolerarse era en la lavadora, ya que la consideraba como «suciedad mundana». 39 Preparado por Patricio Barros