Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | Page 354

Historia insolita de la musica clasica I www.librosmaravillosos.com Alberto Zurron Créanme que yo empecé a perdonar los soldaditos de plomo de Brahms desde que en 1868 creara para nosotros su Ein deutsches requiem… Arnold Schönberg era otro modelo admirable de compositor pagado de sí mismo. De los Strauss hubiera amado su dinero, que Schönberg nunca tuvo; de Prokófiev una impertinencia natural, de la que el vienés siempre careció, ya que la suya era más bien impostada; y de Stravinski hubiera admirado su fama temprana y crematísticamente productiva, que a Schönberg también le fue negada, al menos de una forma universal e irreversible. Mientras tanto el vienés se fue forjando una personalidad a modo de máscara terrible para amedrentar a cuantos se acercasen a su música para atacarla. Su destino fue defender aquellas innovadoras creaciones a capa y espada, sólo que se pasó toda la vida buscando la capa y la espada. La egolatría y la egomanía fueron consecuencias naturales de una confianza patológica en el carácter redentor de su música, ya que la música tal como se la conocía hasta ese momento debía ser liberada por entero de los patrones y elementos que la encorsetaban y envenenaban, impidiendo su crecimiento y, por tanto, su transformación. Pero como para ello Schönberg necesitaba vivir un buen número de años consideró que todo a su alrededor debía estar al servicio de su longevidad. Corriendo noviembre de 1921 la revista alemana Bohemia, de Praga, tuvo la osadía de enviarle un cuestionario en su calidad de personalidad europea consagrada para que informase de las cinco personas a las que salvaría si fuera Noé y hubiera un diluvio universal. Respondió por carta unos días después rogando consideraran la posibilidad de ampliar el cupo de ejemplares, ya que entre él y sus parientes más cercanos superaban ampliamente la cifra. «Cierta vez, en el ejército —contaba Schönberg—, se me preguntó si era el compositor Arnold Schönberg. Contesté: “alguien tenía que serlo, y nadie más deseaba serlo, de modo que asumí la tarea”». Como epígono musical Herr Schönberg no tuvo mucha suerte, y como visionario menos todavía, ya que erró de ubre cuando apostó por que «un día los 354 Preparado por Patricio Barros