Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | Page 350
Historia insolita de la musica clasica I
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Alberto Zurron
así que me temo que los músicos se lo tomaron por la vía de la temperatura
y decidieron arder en el maravilloso pecado de un complejo catalogado por
primera vez por el psicólogo Alfred Adler: el de superioridad. Narciso carecía
de armas para cruzar la raya y convertir su embebimiento en una poderosa
arma personal. Los músicos la llevaban al cinto y no la utilizaban para
defenderse, sino para crecer. Los genios tienen una ventaja y es que en ese
palacio hay muy pocas cosas que no aparecen deformadas en los espejos, y
la gloria es una de ellas. Cuando los compositores se miraban en esos
espejos al pasar ante ellos no veían arrugas, sino corcheas. Y eso ya no era
una ventaja, sino un milagro al que ni el mismísimo Yavéh hubiera podido
hallar explicación.
No lean ustedes altivez, sino autoafirmación
Cosa muy distinta a la altivez eran los brotes de autoafirmación. No se
necesitaba panegírico alguno, sino recordar al interlocutor ante quién se
estaba. El príncipe Lichnowsky no había olvidado un solo día su amistad con
Beethoven; sólo lo hizo cuando precisamente Beethoven le dejó un papelito
para recordarle quién era. Corría el verano de 1806 (36 años) y la ruptura se
consumó en su castillo de Ober-Goglau, en Silesia. El médico del príncipe
recogió aquella nota del suelo y ese acto sirvió para informar a la posteridad
de que para Beethoven la diferencia entre mortalidad e inmortalidad no era
una cuestión de sangre, sino de plaquetas tímbricas, hemodiálisis melódicas
y transfusiones tonales. La nota decía así: «Vos sois príncipe por causalidad.
Lo que yo soy me lo debo a mí mismo. Príncipes hay y habrá muchos, pero
sólo hay un Beethoven». El caso es que el músico se complacía en recordar a
aquella familia quién era quién, quién figuraría en los libros dorados de
historia y quien en insignificantes manuales de tapicería palaciega. Esto es lo
que revelaba una conocida de Beethoven, Frau von Bernhard, cuando el
compositor contaba con veintidós años: «Era muy altanero; yo misma he
visto a la madre de la princesa Lichnowsky, la condesa Thun, arrodillarse
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Preparado por Patricio Barros