Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | Página 328

Historia insolita de la musica clasica I www.librosmaravillosos.com Alberto Zurron Ravel también tuvo su turno en este petite apocalypse que era el estreno de una obra burladora de la ortodoxia musical. La primera pieza que escribió para orquesta fue la obertura Shéhérazade, en mayo de 1899 (24 años), que dirigió además el día del estreno. Al parecer la obra hacía aguas por todos lados y el público colaboró sellando aquellas vías con abucheos para salir de allí con la cabeza algo más alta que la del compositor. Sólo un héroe, el pianista español Ricardo Viñes, buen amigo del francés, tuvo el valor de ponerse en pie y, entre vítores y vivas entonados en solitario, aplaudir como un fanático. El propio Viñes depositaría en su Diario esta perla visionaria: «Ravel lo merece realmente, porque tiene talento y es joven e incomprendido por todos». Si nos adentramos en Centroeuropa nos topamos con las mismas exigencias de quienes pagaban y la falta de complacencia de quienes eran pagados, de quienes en unos casos buscaban la diatriba y el choque de culturas, decantándose por la dulce o por la ácida, y en otros actuaban con candidez volteriana, al entender que estaban simplemente entregando al mundo la mejor de todas las músicas posibles. Cándido, candidísimo se mostró un Richard Strauss de veintidós años con Aus Italien, obra de 1886, en cuyo cuarto movimiento intercaló la canción popular napolitana Funiculí funiculá, compuesta sólo seis años antes, algo que el público consideró una aberración, no así el autor de la canción, quien llevó a juicio a Strauss por plagio no consentido y con su sentencia estimatoria cobró de allí en adelante un canon cada vez que la obra se representaba en público. Su estreno fue en Múnich el 2 de marzo de 1887, con Strauss en el podio, siendo recibida con un mar de silbidos que por tanto confirmaron al autor la corrección de sus cartas de navegación, ya que, a su decir, si había suscitado «la oposición de la multitud no puede ser insignificante». Se la dedicó al pianista Hans von Bülow, por entonces de cincuenta y seis años, quien la aceptó sólo por la muy honrosa particularidad de haber sido rechazada en bloque por el público. 328 Preparado por Patricio Barros