Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | Page 327

Historia insolita de la musica clasica I www.librosmaravillosos.com Alberto Zurron Alexandr Borodin estaba convencido (como Rachmaninov lo había estado con la suya) que con su Primera sinfonía iba a brindar al mundo poderosas razones para aupar la música rusa al pedestal de las artes, pero su estreno le confirmó precisamente lo contrario, hasta el punto de que el revés le sumió en tal depresión e inseguridad que llegó a abandonar su proyecto de El príncipe Ígor. Famihzyn, pope de los críticos musicales moscovitas, no tuvo piedad de él desde las columnas del diario Golos: «Parece como si al componer esta sinfonía Borodin no hubiera tenido otra preocupación que la de imponer a sus oyentes una serie de impresiones desagradables». Y acabaron deseando más lo casposo que lo rasposo Con el estreno de su Cuarta sinfonía, tan diferentes de las anteriores, Jean Sibelius cosechó no un gran éxito, sino un gran logro: que al menos la gente no se riera de ella. La ventaja de crear una obra dotada de intriga en lugar de maquiavelismo vanguardista es que despertaba en el público indiferencia en lugar de jocundia o repulsa. En la época de esa composición el médico acababa de dar al músico la noticia más triste que imaginar se pueda, al menos para él, y no era que se iba a morir, sino algo peor: que el tabaco y el vino estaban muertos para él, dada la reciente operación a que había sido sometido para la extirpación de un cáncer de laringe. El caso es que sin aquellos dos poderosos estímulos empleó quince meses en el desilusionado alumbramiento de la obra, resultando por ello una música extravagante para la época y el país, de manera que cuando se estrenó en Helsinki el 8 de marzo de 1902 (36 años) y los músicos dieron el último acorde el público se quedó en absoluto silencio, sin sospechar que aquello había concluido. Algunos incluso aplaudieron, algo aturdidos. Años más tarde su esposa dejó recogida la huella de aquel recuerdo: «La gente evitaba mirarnos de frente, movía la cabeza; las sonrisas eran vergonzosas, furtivas o irónicas. No fueron muchos los que se acercaron al camerino para presentar sus respetos». 327 Preparado por Patricio Barros