Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | Page 315
Historia insolita de la musica clasica I
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Alberto Zurron
Aquello animó al resto y los insultos a Strauss y a Austria comenzaron a
llover. El director orquestal Tullio Serafin no colaboró precisamente al
sosiego cuando, harto de tanta intransigencia, se volvió hacia el público y
gritó «¡Asnos!», lo que sólo contribuyó a que aumentara el vendaval. Sin
embargo el furioso aguacero escampó cuando llegó el famoso trío del final
entre la Mariscala, Octavian y Sophie, Hab` mir`s gelobt, cuya belleza, pocas
veces escuchada antes, hizo enmudecer a todo el teatro. Cuando cayó el
telón el público estaba rendido a los pies de Strauss y las ovaciones fueron
atronadoras.
Cuatro años antes Strauss había puesto su cabeza en manos del público
americano como Juan el Bautista puso la suya ante la bíblica Salomé cuando
estrenó su ópera dedicada a la legendaria danzarina. La sensualidad sin
tapujos que desató en determinadas escenas provocó enorme indignación en
los espectadores americanos, que vieron cómo aquel templo musical que era
el Metropolitan Opera resultaba mancillado como ningún otro compositor
había osado hacerlo antes. El resultado fue que se suspendió el resto de
funciones previstas y las críticas periodísticas arreciaron. Henry Krehbiel la
tildó de «moralmente hedionda», y el titular de un periódico neoyorkino
habló de «ópera repugnante».
También en un momento dado a Anton Bruckner le hicieron pasar por un
segundo aro, el de la humillación, como si no tuviera bastante con el
primero, el de su timidez, que le despellejaba a diario. Aun así el hombre
tenía otros puntos de contacto menos sutiles que su epidermis y, por raro
que parezca, los utilizaba. Un vienés de pura cepa como él debía mover los
hilos adecuados para estrenar su Tercera sinfonía con la Filarmónica de
Viena, por supuesto, y lo hizo el 16 de diciembre de 1877. El resultado fue
un desastre. Los músicos, molestos por el errático sistema de compases que
el compositor había adoptado, tocaban notas falsas y se hacían muecas entre
ellos para dar a entender a todos lo mucho que les divertía aquella infumable
broma sinfónica. Como pocas cosas hay tan contagiosas como el desprecio el
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Preparado por Patricio Barros