Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | Page 291
Historia insolita de la musica clasica I
www.librosmaravillosos.com
Alberto Zurron
pasillos los pomos de las puertas, rendido a la añagaza de una compañía
inexistente tras alguna de ellas. Se detuvo ante su puerta y miró la hora.
Estaba a punto de llegar. Entró en su habitación sin encender la luz y sintió
cómo empezaban a descoserse sus primeras costuras. Y es que había que
dejar sitio a aquel cuya visita se anunciaba a diario y nunca fallaba. No, no
esperaba al fisioterapeuta, ni al afinador, ni al editor, ni al luthier, ni al
productor, ni al agente de conciertos, sino a alguien mucho más especial…
¡Su ángel de la guarda! Supongo que gracias a ellos tenemos los opus que
los amantes de la música nos merecemos. Rilke clamaba al inicio de su
Primera elegía duinesa: «¿Quién, si yo desde aquí gritase, me escucharía
desde los órdenes / angélicos?». Algunos músicos consiguieron su buena
estrella a costa de desgañitarse, hasta el punto de clamar mucho más por el
angel de la guarda que por la musa. Ésta estaba garantizada de fábrica, así
que no preocupaba; pero el otro ya era caprichosamente impredecible, y lo
mismo un día te ponía sobre una carroza que bajo un coche de caballos.
Cuando estos protegidos llegaban a sus casas o a sus hoteles, con su frac,
sus batutas, sus papeles pautados o sus instrumentos ya dormidos, se
enfrentaban como cualquier otro mortal a la falibilidad de su condición
humana, jamás a la muerte del riesgo, sino al riesgo de la muerte. La
ventaja de ser músico y ser hombre es que se podía llevar una doble vida: la
de vivir para componer y la de vivir para contarlo. Lo difícil no era salir
airosos de las partituras, sino del día a día, ese rol complicado en el que la
música no servía de precio para el rescate de las dificultades ni de peaje para
cruzar del desayuno a la cena con indemnidad.
Entre el martillo y el yunque
Quien piense que Mozart sufrió terriblemente durante las fiebres que le
consumieron en los días previos a su muerte en 1791 está muy equivocado.
Su resistencia al dolor era ejemplar, mucho más cuando se trataba de
respetar el dolor de aquellos por los que prefería decalar el suyo a la
291
Preparado por Patricio Barros