Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | Página 270

Historia insolita de la musica clasica I www.librosmaravillosos.com Alberto Zurron entonces donar su colección de libros e incunables a la Fundación Goleen Rule y al hospital Lenox Hill, cada uno de los cuales obtuvo cien mil dólares por las ventas. En 1952 donó su Guarnerius a la biblioteca del Congreso. Al multimillonario Verdi trataron en una ocasión de dársela con queso en la errónea creencia de que una audición musical genera entre compositor y oyente una relación contractual con su exigente catálogo de derechos y obligaciones. Nada más lejos de la realidad; y es que pocos conocían el sentido un tanto veterotestamentario que Verdi tenía de la justicia: a riesgo de vivir en un mundo de tuertos prescindía del ojo por ojo, pero en el diente por diente era capaz de tragarse tratados enteros de oceanografía para dar la dentellada adecuada. Esto se vio en mayo de 1872 (59 años), cuando el compositor ya lo había compuesto todo salvo Otello, Falstaff y el Réquiem, así que se entenderá que sólo tuviera predisposición para recibir cartas de amor en su villa de Sant’ Agata. La que recibió un día, de amor sólo tenía la saliva con que su remitente había pegado el sello, y Verdi no pagó saliva con salivazo, sino con lava. Quien le escribía era un tal Próspero Bertoni, al cual desde aquella aciaga jornada se le apagó para siempre la luz de su nombre. El caso es que Próspero se había sentido estafado tras escuchar Aida en Parma y no responder esta ópera a sus elevadas expectativas, de tal forma que al avaro no se le ocurrió más que escribir al maestro exigiéndole el precio de la entrada, del billete del tren y de la cena. Supongo que Verdi suspiraría aliviado; al menos no era uno de aquellos iluminados que proponían eliminar el pizzicato de los violonchelos en tal pasaje, la sustitución de fagots por oboes en una determinada sección o el estiramiento de compases en el aria de Celeste Aida. Siempre podía ser peor, y las demandas de Próspero eran lo menos malo con que Verdi se podía encontrar, así que dio orden a su editor Ricordi de que al desolado melómano se le atendieran las dos primeras exigencias, pero ya no la última, dado que si tanto ardor estomacal le había provocado la audición no se sostenía con fundamento la cena posterior. Aun así Verdi puso sus condiciones: «Ha de 270 Preparado por Patricio Barros