Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | Page 268
Historia insolita de la musica clasica I
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Alberto Zurron
No bien oyó una de las composiciones del brasileño creyó en su genio ya de
forma indeleble y decidió aportar su grano de arena a su consagración.
Cuando en aquel viaje fue invitado a un lunch por el millonario empresario
Carlos Guinle se habló lo justo de dinero y lo más justo del talento de Villa-
Lobos, lo suficiente para terminar convenciéndole que invirtiera una
minúscula parte de su fortuna pagando a aquel músico la estancia en París
durante un año. Después supongo que se sentó al piano y le tocó cualquier
cosa salvo la fatídica Marcha fúnebre de Chopin, algo con las suficientes
microdescargas como para vencer la resistencia más tenaz. Para el
empresario fue dicho y hecho, de modo que Villa-Lobos se estableció en
París, y más en concreto en un apartamento cedido sin contraprestación por
Rubinstein, quien al parecer también tenía una casa en cada puerto.
Brahms y Dvorák decidieron un día profesarse una admiración mutua y hasta
el final de sus vidas actuaron al compás de aquella coherencia. En su bondad
Brahms tenía la fortuna de pasarse de frenada sin rozar siquiera los pretiles
de sus escasísimas amistades. El checo fue uno de estos privilegiados. El
alemán apreció aquel inmenso talento desde el minuto uno y le ayudó hasta
en lo que no estaba escrito, porque lo que sí lo estaba apenas entrañaba
ningún sacrificio para él. Cuando Dvorák se ausentó a los Estados Unidos
durante varios años por razones docentes Brahms asumió con satisfacción la
carga de corregir las pruebas de las obras del checo, quien no encontró en
los idiomas de su primera ni de su segunda patria la palabra adecuada para
demostrar el auténtico agradecimiento que le embargaba. Desde allí escribió
en una carta: «Creo que no podía hallar en el mundo entero otro músico que
hiciera lo mismo por mí».
Mal, realmente mal lo pasó un primo de Rachmaninov en la primera de las
guerras: el pianista y director Alexander Siloti. Un día de los muchos que
despobló aquella guerra envió una carta de SOS a cierto violonchelista amigo
suyo desde Amberes. Le reclamaba que corriera a su lado y el chelista corrió,
como cada vez que el brillante Alexander le pedía algo. Resultó que le habían
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Preparado por Patricio Barros