Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | Seite 259
Historia insolita de la musica clasica I
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Alberto Zurron
estancia hospitalaria, y Busoni con Mahler en su último viaje, el que
emprendió desde Estados Unidos a Viena el 30 de marzo de 1911, quienes
coincidieron en el mismo barco (el SS America), donde también viajaba
Stefan Zweig. Cuenta Alma Mahler como Busoni, para distraer a Gustav, al
que sólo quedaba un mes y medio de vida, anotaba rápidos ejercicios de
contrapunto en su camarote que luego hacía llegar a Herr Direktor junto con
botellas de vino. Pero quien adoraba cuidar (quizá en exceso) a sus
anfitriones era Alban Berg. Cuenta su amigo Soma Morgenstern en la
monografía a él dedicada, cómo habiendo sido invitado por el músico y su
esposa Helene a su casa de verano junto al lago Ossiach (Carinthia, Austria)
«Alban no dejó una sola vez de traerme el desayuno a la cama, porque,
como anfitrión, era encantador. Conseguí que no se diera cuenta de que
desayunar en la cama me parecía repelente». La generosidad de Berg no era
de corte masivo como la de Paderewski, sino de detail. En su casita de
campo de Berghof (Alpes Bávaros) solía hacer excursiones en su Ford
descapotable, un dulce capricho que se le agarraba a las papilas gustativas
más agrias cada vez que pasaba por delante de trabajadores de la clase
media. Aquel ejercicio de ostentación impremeditado le hacía sentir la
«culpabilidad del escalafón», así que puso el mejor de los remedios y
empezó a comprar cada día una docena de cajetillas de tabaco que
entregaba a una cuadrilla de operarios contratados para acondicionar la
carretera cuando recorría aquel tramo. «No puedo pasar en mi automóvil —
decía a su amigo Morgenstern— ante los trabajadores como un capitalista sin
darles al menos las gracias». Si Berg tenía tan gentil gesto hacia unos
libretistas del asfalto, ¡qué no tendría hacia el que pudiera haber sido el
libretista de sus óperas! El de Verdi fue Francesco Maria Piave, un hombre al
que nunca supo cómo agradecer todo lo que había escrito para él. Las
palabras eran insuficientes y, paradójicamente, sólo cuando Piave se quedó
sin ellas supo Verdi reaccionar. El libretista sufrió un ictus cerebral que le
tuvo durante los últimos ocho años de su vida sin poder hablar, leer ni
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Preparado por Patricio Barros