Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | Page 230
Historia insolita de la musica clasica I
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Alberto Zurron
Las cifras se cebaron más que en nadie en la familia Mozart. Leopold vio
cómo se le escurrían por el sumidero de la vida cinco hijos de siete,
sobreviviendo los famosos Wolfgang y Nannerl, mientras que al propio
Wolfgang se le murieron cuatro de los seis que tuvo con Constanze. César
Franck cerró los ojos a dos niños de los cuatro que gateaban sobre sus
partituras. Antonin Dvorak hubiera desincrustado toda su música de las
partituras en lugar de ver cómo sus tres hijos eran desincrustados de la vida
en el espacio de dos años. Donizetti entonó su propia aria de la locura
bastante después de ponerla en boca de Lucia di Lamermoor, cuando sus
tres hijos murieron en plena infancia, haciéndolo pocos años después su
esposa Virginia. La muerte puso así en sus manos dos muletas, como eran la
soledad y la locura, para guiarle sin más tropiezos hacia la muerte con
cincuenta años. El mismo Verdi estuvo a punto de tirar por la borda con
veintiséis años su segunda ópera, Un giorno di regno (Un día de reino), y de
paso las restantes, cuando en menos de dos años vio desaparecer a sus dos
hijos (Virginia e Idilio) y a su mujer, Margarita Barezzi, esta de una
encefalitis. Mucho tiempo después, en 1879, escribiría a su editor Ricordi:
«El 19 de junio de 1840 un tercer féretro sale de mi casa… ¡Estaba solo!…
¡Solo!». Sumido en aquella debacle vital aún hubo de terminar aquella ópera,
bufa para mayor humillación, que se estrenó tres meses después de la
muerte de Margarita, llegando a aborrecerla de por vida por la sangre de la
que se había alimentado. Todo se solucionó cuando dos años después
levantó a su familia un túmulo musical: Nabucco. Su estreno le convirtió en
rey de la noche a la mañana para el resto de sus días.
La desgracia también se cebó, pero más atemperada, en músicos de una
sola muerte, como la que Joaquín Turina hubo de sufrir en 1932 con su hija
María, contando él con cuarenta y nueve años. Edvard Grieg bebió las heces
del mismo cáliz tras el nacimiento de su hija Alejandra en 1868, cuando la
vio partir en 1869 (25 años), pocos meses después de haber terminado su
famoso Concierto para piano en La menor.
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Preparado por Patricio Barros