Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | Página 228
Historia insolita de la musica clasica I
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Alberto Zurron
cosa, pero los americanos lo convirtieron en el lugar equivocado. Aquel día
habían informado del toque de queda nocturno para todo el vecindario salvo
en la casa de Herr Mattl, su inestimable proveedor de bienes y servicios. En
1961 Hans Moldenhauer se tomó en serio la investigación sobre el suceso y
sus conclusiones fueron vertidas en su libro The death of Anton von Weber,
descubriéndose que el autor de los disparos fue Raymond N. Bell, cocinero
de la 42 División. El autor llegó a recibir una carta de su viuda: «Murió de
alcoholismo. Sé muy poco sobre ese accidente. Cuando volvió a casa
después de la guerra me dijo que había matado a un hombre en los límites
del deber. Sé que estaba muy atormentado por ello. Cada vez que estaba
borracho decía: “Me gustaría no haber matado a ese hombre”».
Una muerte tan atípica como heroica nos toca muy de cerca por los lazos de
afectividad compatriota: la de Enrique Granados. Llegó a Nueva York el 15
de diciembre de 1915 para ver estrenadas sus Goyescas en el Metropolitan
Opera House, estreno que tuvo lugar el 26 de enero de 1916. Llegar, ver y
vencer fueron una sola cosa. Para marzo ya había logrado no sólo la
invitación del presidente Wilson a la Casa Blanca, sino también una nada
despreciable recaudación de cuatro mil dólares que de poco le sirvieron
cuando, en plena travesía de regreso a Barcelona, su barco, el Sussex, fue
detectado por un submarino de guerra alemán, confundiéndolo con un barco
minador y disparando un certero torpedo que lo partió por la mitad.
Granados se lanzó al agua y le asistió la suerte inicialmente cuando una de
las lanchas de salvamento le puso a resguardo, pero en cuanto vio a su
esposa haciendo denodados esfuerzos por mantenerse en la superficie se
condujo a golpe de corazón y no de cabeza lanzándose a rescatarla. Lo
demás ya es historia. Pablo Casals, residente en Nueva York en aquellas
fechas, le había acompañado hasta el puerto el 11 de marzo. Allí se
abrazaron y Casals pudo escuchar al oído una despedida digna de algo más
que de un apretón de manos: «Tengo el presentimiento de que no veré
nunca más a mis hijos».
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Preparado por Patricio Barros