Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | Page 214
Historia insolita de la musica clasica I
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Alberto Zurron
concierto ha sido un éxito». Casals reaccionó añadiendo al final de la primera
palabra una «e» y de una bofetada mandó la bandeja y los billetes al suelo.
El chelista habría sido el ídolo de Herr Schönberg de haberse enterado de
esta bravata.
Y he aquí la furia, dueña del ruido del que hablaba Faulkner para alzar en su
famosa novela un binomio imposible de existir en los callados templos de la
música, donde sus dueños entraban vociferando pero sólo para que la
belleza pudiera oírse en el rango de la perfección que se merecía. Casi cuesta
respirar después de comprobar la alta tensión en la que zumbaban los
clásicos, y uno se pregunta para qué, para qué tantos minutos y horas,
ensayos e insomnios, jaquecas y desesperación en pos de un fraseo de unos
segundos, de media docena de compases perdidos en el tiempo que ahora
nos toca y agotados en la indiferencia clasificadora de los oídos que por
entonces los recibieron y al instante los olvidaron. De nada servía componer
si lo compuesto no sonaba al barro que emergía en el torno de sus cabezas,
como tampoco si el alma, la maldita alma que se había plasmado en la
partitura bajo la obra, como un código invisible, no sonaba superpuesta a la
música. La cólera sólo era una voz de alarma, la voz del alma desterrada
clamando por su repatriación. La persecución de la perfección era el mejor
entrenamiento para sacudirse la neurosis e ir en pos de la utopía, que es el
más sano desequilibrio al que puede aspirar un creador. Ellos lo sabían y
viajaron montados en el vehículo más veloz de que disponían: la cólera, uno
de los cuatro humores hipocráticos, pero, sobre todo, uno de los cuatro
jinetes del Apocalipsis, el de la guerra, reducido a una guerra ontológica
donde el hombre y su obra se han enfrentado por parecerse y así pasar uno
y otra desapercibidos para la muerte. Los gritos que hemos escuchado en
este capítulo sólo podían ser gritos de victoria, aunque seguramente ninguno
de ellos lo sabía entonces.
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Preparado por Patricio Barros