Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | страница 196

Historia insolita de la musica clasica I www.librosmaravillosos.com Alberto Zurron Chopin cuenta el pianista Alfred Cortot, recogiendo el testimonio directo de un alumno de Chopin, Mathias, quien le vio romper una silla al recibir la armonía equivocada de un torpe alumno, teniendo por costumbre tirarse de los pelos al escuchar una nota falsa, o romper partituras y lápices y esparcer los pedazos por la alfombra, emprendiéndola después a patadas con ellos. En fin, no es de extrañar que cobrase las clases a tal precio si después tenía que inventariar pérdidas y reponer mobiliario. Una sufrida George Sand verificó en su epistolario que «Chopin, cuando se ponía colérico, era espantoso». Un nuevo testimonio nos viene de la mano de otro discípulo (y, sin embargo, amigo), Wilhelm von Lenz, quien durante una clase tocaba para el profesor la Mazurca en Do mayor (3.ª, Op. 33), momento en el que entró su buen amigo Meyer, sentándose en una silla y poniéndose a escuchar. Meyer pronto entró en acción: «Esto es un compás de 2/4». Chopin lo negó y obligó a Lenz a repetir la mazurca marcándola él mismo con el pie. «Dos semimínimas», sentenció de nuevo Meyer. Chopin reaccionó colérico objetando que eran tres y no dos. Sigue el testimonio de un anonadado Lenz pillado en mitad de aquel improvisado torneo: «Nunca había visto a Chopin tan colérico. Verdaderamente resultaba magnífico y terrible contemplar cómo la sangre coloreaba sus mejillas, pálidas de ordinario». Al final Chopin apartó a Lenz de la banqueta y tocó la mazurca varias veces cantando y gritando, marcando bruscamente con el pie, pero el temerario Meyer insistió con el número fatídico: «Dos». Consecuencia: Chopin lo echó de la habitación y no le permitió volver en mucho tiempo. De muy parecido pronto era Beethoven durante sus clases particulares, al menos las que daba a Giuletta Guicciardi, de quien estaba enamorado. Dice esta en sus recuerdos que el compositor se encolerizaba muy fácilmente, siendo usual que tirase las partituras al suelo y las rompiese. Añadía que «no aceptaba dinero en pago, a pesar de ser bien pobre; sólo ropa». El propio Berlioz era capaz de semejantes arranques siempre que entre aquellas partituras no hubiera alguna de Gluck. Le admiraba sin medida, teniéndole 196 Preparado por Patricio Barros