Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | Página 188
Historia insolita de la musica clasica I
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Alberto Zurron
nunca dijo non a nada (bueno, salvo a los alemanes tras la Segunda Guerra
Mundial). Pero en la ciudad de San Francisco vio la oportunidad de pasar
desapercibido a los ojos de Dios cuando, escalando el pico Tamalpais, se
desprendió un peñasco justo al pasar por debajo, dándole tiempo (gracias a
sus reflejos) a salvar la vida, pero no la mano, que quedó seriamente herida.
Su primera reacción fue de una alegría inmensa: «Gracias sean dadas a Dios
—dice que se dijo a sí mismo—, ya no tocaré más el chelo». Pero los médicos
se congraciaron contra él y lo volvió a tocar, con o sin un Dios contable que
le pasara factura.
Un director de nuestros tiempos, Christian Thielemann, forjado en las
tensiones del siglo XXI, nos ha dejado este muy creíble testimonio de
inseguridad patológica, y es que los siglos podrán pasan por el templo de la
Colina Verde en Bayreuth, pero no por las fragilidades del ser humano, que
siguen siendo las mismas desde los tiempos de Píndaro: «En los últimos
minutos previos a una función —declara Thielemann— suelo pensar no sólo
en Bayreuth, sino que lo más me gustaría sería salir corriendo o caerme
muerto. Adiós, no puedo hacerlo, por desgracia acabo de morirme. El
estómago se me revuelve, el cuerpo entero se rebela y decir que no me llega
la camisa al cuello es quedarse corto».
Había músicos poseedores de tal aura que paralizaban a quienes entraban en
conflicto con sus propias facultades. Uno sólo era bueno, e incluso a veces
demasiado bueno, hasta que oía tocar al mejor; entonces plegaba sus útiles
y se arrinconaba a la espera de que el ataque de subestima se diluyera.
Cuando Sviatoslav Richter escuchó tocar a Gould las Variaciones Goldberg
prometió excluir para siempre a Bach en su repertorio. Pero lo del joven
Ossip Gabrilovich con Busoni fue peor. Necesitado de reconocimiento por el
público berlinés para seguir sumando públicas aclamaciones preparó un
programa de los que se escuchan más de rodillas que sentado, de forma que
cuando accedió a la sala y, seguro de su conquista, saludó al público ocurrió
lo más temible. Así se lo contó el productor Hermann a Arthur Rubinstein:
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Preparado por Patricio Barros