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Historia insolita de la musica clasica I
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Alberto Zurron
propiedades le aterraban. Cuenta el compositor Henri Sauguet que su colega
tenía verdadera fobia al jabón, cuyo uso algún demonio de todos los que
habitualmente le visitaban le había contraindicado. Estando un día ante él,
Sauguet se lavó las manos y su amigo empezó a aullar: «¡Cómo puedes usar
eso! Si supieras de lo que está hecho: ¡sudor, desechos humanos! ¡Es
repugnante!». Refería Stravinski en sus conversaciones con Robert Craft que
Satie era la persona más extraña que había conocido en su vida; uno de sus
principales apoyos era que «nadie nunca lo vio lavarse; le tenía horror al
jabón. En lugar de eso siempre se estaba refregando los dedos con piedra
pómez». Este hecho fue refrendado por la hija de Victor Hugo, Valentine,
quien sostenía que no bien Satie tenía las manos sucias se las frotaba
vigorosamente bajo el agua, pero siempre sin jabón. La misma película
sutilmente roñosa compartía con Satie el bueno de Alban Berg, que aborrecía
lavarse. Lo cuenta un testigo de excepción, su amigo Soma Morgenstern,
quien en 1928 le visitó innumerables veces en su casa. En una de ellas se
topó con una escena de vodevil: Berg corriendo por las habitaciones desnudo
de cintura para arriba perseguido por una mujer que empuñaba el arma para
él más letal: una esponja. Era un viernes y al parecer Alban llevaba sin
lavarse la cara desde el domingo, si bien él sostenía en su defensa que, en
realidad, era desde el lunes. En un momento dado el músico se sirvió de su
amigo Soma como parapeto y cuando todo se hubo calmado le instruyó muy
seriamente sobre los múltiples perjuicios del agua, tanto para la ingesta
como para la higiene. En apoyo de su tesis se dirigió a la estantería del
salón, cogió una biografía de Miguel Ángel y leyó a Soma una carta en la que
el padre del escultor le trasladaba una serie de inteligentes pautas al
respecto: «Sé comedido en todo, hijo mío. Lávate pocas veces y conservarás
la salud». Berg cerró el libro y corroboró la cita con un axioma irrefutable:
«Ya sabes qué longevo fue Miguel Ángel».
Pero si Brahms no daba una sola brazada al agua, quien no daba pie con
bola era Yehudi Menuhin. Me refiero a un pie de verdad y a una bola
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Preparado por Patricio Barros