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¡Y seguimos casadas!
Por Lalay Flórez- Estrada
Bueno, qué decir,
todo el mundo
debe conocer ya
nuestra historia,
no es particular,
ni extraordinaria,
pero es nuestra,
y hoy hablaré un poco desde mi perspectiva más personal. Yo nunca fui la persona que
quería casarse, siempre he pensado con cierto desdén acerca del matrimonio. Pero probablemente porque lo veía desde mi propia
experiencia, -no tanto por mis abuelos que
eran híper católicos y estuvieron juntos hasta el final-, sino porque recuerdo despertar
oyendo gritos y peleas perennes en un hogar
donde había muerto el amor.
Me parece que en la actualidad los matrimonios duran menos y menos. Y mi visión inicial
sobre casarse, es la de una chica que creció
rodeada de hombres que no sabían amar a
las mujeres. Y puedo decir que yo no creía en
el amor y nunca me había enamorado.
A los 22 me salí del clóset y pasé cinco años
siendo una “lesbiana en teoría”. Nunca me había “ligado” a nadie y pensé que pasaría el
resto de mi vida sola, porque era muy difícil conocer chicas dentro de la cocina de un
restaurante.
Jaz llegó a mi mundo a finales del 2014, venía
saliendo de una de mis primeras relaciones y
no había acabado muy bien parada, así que
no quería nada con nadie y no la tomé muy en
serio. Pero ella, ¡ella es única! Derribó todos
mis muros, todas mis barreras y entró en mi
corazón como hierro caliente para deshacer
todo mi hielo.
Y fui yo quien le propuso casarnos. Yo: la
escéptica, la seria, la que no creía en nada
ni en nadie. Ella estaba a punto de irse para
México a mochilear y fue cuando me enseñó
su pasaporte, que tenía la “M” de.... Mujer... o
de Macho. Claro que no se lo dije, pero no
quería que se fuera. Estábamos pasando tanto tiempo juntas que la perspectiva de que
no estuviera más a mi lado me parecía difícil
de sobrellevar, así que le aconsejé que pre
matriculara la U, sólo por aquello de tener un
plan B. “Una nunca sabe...”, le dije.