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LECCIÓN
ROMANA
p o r A l exá n d e r
O ba n d o
KYRIE, de “Requiem”
—György Ligeti—
Controversiae, 10. 4
—Séneca el Mayor—
El mediodía romano hacinaba a las gentes que transitaban por el Foro
de los Bueyes. El calor mezclado con el olor pútrido de sangre fermentada y vísceras no menos frescas, agregaban al espacio una nube
de asco, decadencia y muerte que, sin embargo, ya pasaba casi desapercibida para la mayoría de los transeúntes. Los únicos romanos
que parecían incomodarse con el olor de la sangre y los muelles eran
aquellos que pocas veces se aventuraban por estos barrios detrás del
Palatino. Y de esos había muchos, pues Roma, aunque pestífera y sobrepoblada, siempre tenía rincones más a tono con la sensibilidad de
alguien como Tito Lucrecio o Plauto el dramaturgo, almas perdidas en
la extrema nubosidad de los textos griegos donde todo era sabiduría
y elocución argenta; donde cada gesto o palabra seguía arrastrando
a la casta virgen del areté por las calles de Corinto o de Atenas.
Pero bueno, también había gente de carne y hueso en Roma. Seres
humanos no hechos de papiro y tropos elegantes sino de barro, ases
y a veces un poco de sudor y sangre.
Ascylto, ahora sentado en una mesa cerca de la barra, era uno de esos
ciudadanos romanos de poca escuela pero mucho camino recorrido
en la vida de las calles, de los prostíbulos y de la compra y venta de
esclavos. Sus ganancias —no muchas, a decir verdad— le daban el derecho a pequeños lujos, como al que ahora se entregaba. Ciertamente
esta no era una taberna o popina elegante pues, quizás ni siquiera
hubiera tales establecimientos para atender a las clases ecuestres y
patricias de Roma. Él, al menos, nunca había visto una, y eso es mucho
decir, pues Ascylto era un hombre acostumbrado a recorrer toda la
ciudad en busca de nuevos clientes a quienes ofrecerles lo mejor de
su producto. Cierto que debía ser prudente y reservado, pues no en
todo barrio se podía ofrecer el placer vivo y palpitante a los clientes de Roma. Y con ese fin, es decir, el de proteger el pudor de las
matronas, las vírgenes núbiles y los chicos pertenecientes a la aristocracia, había una compleja serie de reglas estultas que restringían sus
esfuerzos comerciales de manera obstinada.
Pues estando Ascylto en estas meditaciones sociales y pecuniarias,
viene entrando a la taberna su buen amigo Encolpio, capitán de los
desposeídos, general de los arrastrados y señor de las clases más
bajas de la Ciudad de los Lobos. Ascylto deja su comida a un lado y
de pronto se levanta cuan bullanguero y bonachón es a saludar a su
amigo de muchos años.
—¡Salve, Encolpio, mi buen amigo! ¿Qué menesteres te traen por
esta parte de la ciudad?
Encolpio vuelve a ver hacia su interpelador y de pronto aparecen