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Nos podía tocar (no que a estos personajes les importara, claro).
A la muchacha que siempre nos topamos en el bus, al taxista. La empresaria, y también al señor que acaba de celebrar con su familia sus
bodas de oro.
Salgo, corro. Corro la rabia y el dolor, cuesta arriba y cuesta abajo,
pero son inagotables. Regreso de nuevo y las tres pantallas me siguen
gritando y succionando la energía. Salgo de nuevo, camino, necesito
llenar el vacío, al menos de aire.
Sí, pudo tocarnos.
A nuestro ex, nuestra profesora. Al mae con el que todas las semanas
hacemos match en Tinder pero nunca hablamos, o al (des)conocido
misterioso de Grindr.
Kilómetros luego y sigo caminando, con un bulto pesado de comida
para disimular la desazón. Camino por un boulevard que muchas veces
he recorrido y recorreré, dentro de mi burbuja privilegiada. Hoy, desierto como buena tarde de domingo.
Dos motocicletas avanzan a gran velocidad en el carril contrario, y
también en su correspondiente acera. Las cuatro personas que las
ocupaban se gritan entre sí, todo en un curioso despliegue de agresividad. Pocos segundos después, ven a la única persona que estaba
en 100 metros a la redonda. Un short 3 centímetros más arriba de la
rodilla pudo ser la gota que derramó el vaso, o tal vez fue la camiseta
sin mangas, o tal vez la forma de caminar.
“¡PLAYO!”, se oye que gritan con fuerza. “¡PLAYAZO!”, mientras el fúrico
sonido de los motores continuaba.
Que hay lugares inseguros donde es mejor no ir, decía Abelino Esquivel
minutos antes. ¡Ah bueno!