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Yo nunca quise ser un niño, pero tampoco quise aceptar los estrechos límites que la policía del género imponía sobre mi alegre cuerpecito de niña, que corría feliz por el patio de la escuela, se encaramaba en el palo de mangos y se chollaba las rodillas sin reparo. Duré muchos años en entender cuanta misoginia se escondía en mi rechazo al rosado. Cuando una crece en un mundo que asocia lo femenino con lo débil, lo negativo, lo de menor valor, no es sorpresa que termine rechazándolo.
¿ Se han dado cuenta qué tan común es usar el femenino como insulto en nuestra cultura? ¡ Perra! ¡ Teta! ¡ Yegua! Le grita la afición a los futbolistas desde la gradería cuando están jugando mal.“ Cero locas” escriben en sus perfiles de Grindr los chicos gays hinchados de testosterona, porque ninguno quiere terminar saliendo con“ una pasiva afeminada, a la que se le note lo quebrada”. Con tanto odio hacia lo femenino se vuelve cada vez más pequeña esa islita donde termina habitando eso a lo que le llamamos masculinidad; cuanta energía gastada en la imposible tarea de evitar que las polutas aguas mujeriles contaminen sus viriles costas.
Con el paso de los años cada vez me importa menos colorear fueras de las líneas, y entre más cómoda me siento con mis dibujos mentales de lo que para mí quiere decir ser mujer, menos jodo a las demás personas sobre sus definiciones e identidades. En el Halloween cotidiano de nuestra existencia cada quien debería ser libre de combinar o no los sombreros, fajas y flores que quiera, porque al final del día, la estampa que mostramos no es más que una foto en esta fiesta de disfraces.