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LO C A S ,
M A R I M ACHAS Y
PA S I V A S
por Margarita Salas Guzmán
Cuando tenía 11 años odiaba visceralmente el
color rosado; me parecía un color cursi, débil, delicado,
y otro montón de adjetivos con los que yo no quería estar asociada. Yo me sentía fuerte, atrevida, aventurera y
mi corazón pre-adolescente soñaba con ser una Indiana
Jones, escalando paredes imposibles, con fuerte látigo
al cinto. Recuerdo aquel glorioso Halloween en que un
bigote pintado con pilot y el sombrero floreado de mi
madre hicieron juego con una faja a dos vueltas de mi
padre para encarnar a mi amado personaje.