LECTURAS COMPLEMENTARIAS
que cuando leo mi carta decida que no logra este propósito. Conociendo a la persona a la
cual escribo y sus reacciones habituales ante ciertas palabras y frases, puedo decidir que
una determinada expresión está expuesta a un error de interpretación o que el destinatario
no estará realmente en situación de comprender este o aquel pensamiento mío. O puedo
temer que él, cuando lea, no capte lo que trato de decir debido a alguna distorsión subjetiva
o a una falla de atención de su parte.
Por otro lado, el destinatario de la carta puede realizar el proceso opuesto, es decir,
tomar una frase e imaginar que él mismo la escribió. Puede tratar de reconstruir la
intención del remitente conjeturando algunas intenciones posibles y comparándolas
luego con el contenido proposicional real de la frase. Puede concluir: "Veo lo que él
trataba de decir, pero realmente no acertó y dijo otra cosa. Si yo hubiera estado en su
lugar, lo habría expresado de tal o cual manera". O el lector puede decirse en cambio
a sí mismo: "Mi amigo siempre utiliza ese término de una manera extraña, pero entiendo
lo que quiere decir, puesto que sé como piensa. Es una suerte que yo sea el destinatario
de la carta. Un tercero se hubiera extraviado totalmente en este punto". En el último
caso, el lector realiza en verdad una interpretación triple. Primero, interpreta la frase
objetivamente sobre la base de sus hábitos ordinarios de interpretación. Segundo, a
partir de su conocimiento del remitente reconstruye cuál debe ser el significado real
de este último. Tercero, imagina cómo entendería el lector ordinario la frase en cuestión.
Estas consideraciones mantienen una validez completamente general para todos los
casos en que se utilizan o interpretan signos. Siendo éste el caso, debería resultar
claro que al interpretar el significado subjetivo de los signos que alguien utiliza, o al
anticipar la interpretación que alguien hace del significado subjetivo de nuestros propios
signos, debemos guiarnos por nuestro conocimiento de esa persona. Por lo tanto, el
grado de intimidad o anonimidad en que está la persona respecto de nosotros, tendrá
naturalmente mucho que ver con el asunto. Los ejemplos que acabamos de utilizar
eran todos casos en que el conocimiento de la otra persona derivaba del contacto
directo; pertenecen a lo que llamamos el dominio de la realidad social directamente
vivenciada. Sin embargo, el uso e interpretación de signos pueden encontrarse también
en otras zonas de la vida social, tales como el mundo de los contemporáneos y el de
los predecesores, donde el conocimiento directo de la gente con que tratamos es
mínimo o aun nulo. Nuestra teoría del establecimiento y la interpretación del significado
de los signos sufrirá naturalmente diversas modificaciones cuando se la aplica a estas
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