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Juan Muñoz Martín
Fray Perico y su borrico
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El usurero
A los seis días de salir del convento, cuando hubo reunido quince reales, se
dirigió a casa del señor Hildebrando, el usurero. Ató el burro a la puerta y subió
las escaleras largas y crujientes. Pam, pam, pam, llamó, y el usurero abrió un
ventanillo que tenía en el techo; vio a fray Perico y le echó un puchero de agua.
Pam, pam, pam, volvió a llamar, y el viejo le echó otro puchero más grande.
-Hermano, por caridad, abra. Soy fray Perico.
-¡No quiero, márchate!
Fray Perico empezó a empujar la vieja puerta, pero el usurero resistía con
todas sus fuerzas, echando espuma por la boca. Colocó detrás la cama, el
palanganero, las sillas, el baúl.
-Le traigo el dinero.
-Tíralo por debajo de la puerta.
Fray Perico le echó los quince reales y le gritó:
-Ahora déme el anillo.
-¡Ja ja, ja! Tonto, más que tonto, no te lo daré. Ese anillo es de oro y debe
tener algún gran poder, porque por la noche relumbra y me ahorro el candil.
-Señor Hildebrando, abra, abra.
-No abriré.
Y el viejo le vació por el ventanillo un saco de harina que puso perdido a fray
Perico. Y luego un paquete de sal, y al final media botella de vinagre y una bota.
Fray Perico salió a la calle abatido. Desató el burro y se fue a la posada del Gallo
Verde.
El tío Zanahorio, el posadero, era un hombre más gordo que fray Perico y
fray Tiburcio juntos, calvo y con la nariz sonrosada y peluda como una
zanahoria. Al ver al fraile le abrazó con grandes aspavientos y manotazos
porque le quería mucho.
-¿De dónde vienes, fray Perico? Pareces un albañil.
-De casa del usurero; me tiró un saco de harina.
El posadero se santiguó tres veces y le dijo en voz baja:
-No vuelvas por allí. ¿Sabes lo que tiene?
Fray Perico dijo que no sabía.
-Tiene lepra.
-¡Pobre hombre!...
-¿Pobre hombre? Dios le ha castigado. Tiene al pueblo ahogadito de deudas.
Nadie quiere ir por su casa. Se morirá como un perro.
Fray Perico no dijo nada; pidió al posadero una cuerda, una escalera y un
trozo de cecina; cogió el burro de la cuadra y corrió muy apenado a ver al
usurero.
«¡Pobre señor Hildebrando! ¡Buena le ha caído!», iba pensando.
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