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Juan Muñoz Martín
Fray Perico y su borrico
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¡Fantasmas en el convento!
Los frailes, ¡qué serios entraron en el comedor aquella mañana! Yo creo que
estaban pesarosos por lo del borrico. En esto entró fray Perico, y los frailes, que
comían, hacían así con las cucharas: pom, pom, pom, pom, pom, para acallar al
gusanillo de la conciencia. Pero el gusanillo hacía ris, ris, ris, ris, ris...
Cuando fray Perico dio las treinta monedas a fray Nicanor, las lentejas se les
atragantaron. Y un olor suave, como a nardos y rosas, invadió el comedor; tanto
que algunos frailes se marearon.
-¡Qué bien huelen las lentejas! -decían.
-No son las lentejas -dijo el cocinero.
-Entonces, ¿qué será?
-Las monedas que ha traído fray Perico.
Fray Perico se sentó, pero no probó sus lentejas. Cuando los frailes se
marcharon a la iglesia, tomó el plato y salió corriendo al pajar. El borrico le miró
con alegría, y el fraile le dio las lentejas. Luego, despacito, lo sacó del pajar. Vio
que fray Baldomero no estaba en la puerta y lo metió en el convento.
-¿Dónde lo esconderé? -Empezó a dar vueltas por los pasillos hasta que
pensó: «Lo meteré en mi cama».
Por la noche, cuando todos los frailes dormían, el burro empezó a rebuznar y
a dar coces. Tiró el palanganero y una silla.
-¡Cállate, que nos van a oír!
Fray Perico, a toda prisa, puso una sábana sobre el borrico y lo sacó de la
celda. Los frailes sacaron la cabeza despacito y se metieron debajo de la cama,
con los pelos de punta. Al día siguiente, fray Simplón dijo asustado:
-¡Yo he visto un fantasma esta noche!
-¡Y nosotros también! ¡Qué miedo!
Los frailes bajaron todos juntos las escaleras agarrados de la mano y
cantando para quitarse el miedo. A media mañana, fray Olegario se puso a
escribir en la biblioteca. El burro asomó la cabeza por detrás de un armario, y el
pobre fraile tiró la pluma y la silla y salió gritando. Fray Perico sacó el burro a
toda prisa y lo fue a esconder en la carbonera. Fray Pirulero fue a llamar a los
frailes a comer. El borrico salió de su encierro y se comió toda la berza que
había en los platos.
-¿Dónde está la comida? -dijeron los frailes.
-Hace un momento la puse aquí -dijo el cocinero.
-¿Y si han sido los fantasmas? -preguntó fray Simplón.
-¡Los fantasmas no existen! -zanjó el superior.
-Pues en mi pueblo, una noche, dieron una paliza al alguacil.
-¿Es posible? -dijo fray Ezequiel.
-Y en el mío tocaban las campanas -añadió fray Pirulero.
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