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Ensayo Sobre La Ceguera
José Saramago
de que dispone en esta crisis por la que estamos pasando, cuando parece comprobarse algo
semejante a un brote epidémico de ceguera, provisionalmente llamado mal blanco, y
desearía contar con el civismo y la colaboración de todos los ciudadanos para limitar la
propagación del contagio, en el supuesto de que se trate de un contagio y no de una serie
de coincidencias por ahora inexplicables. La decisión de reunir en un mismo lugar a los
afectados por el mal, y en un lugar próximo, pero separado, a aquellos con los que
mantuvieron algún tipo de contacto, no ha sido tomada sin ponderar seriamente las
consecuencias. El Gobierno conoce plenamente sus responsabilidades, y espera que
aquellos a quienes se dirige este mensaje asuman también, como ciudadanos conscientes
que sin duda son, las responsabilidades que les corresponden, pensando que el aislamiento
en que ahora se encuentran representará, por encima de cualquier otra consideración
personal, un acto de solidaridad para con el resto de la comunidad nacional. Dicho esto,
pedimos la atención de todos hacia las instrucciones siguientes, primero, las luces se
mantendrán siempre encendidas y será inútil cualquier tentativa de manipular los inte-
rruptores, que por otra parte no funcionan, segundo, abandonar el edificio sin autorización
supondrá la muerte inmediata de quien lo intente, tercero, en cada sala hay un teléfono que
sólo podrá ser utilizado para solicitar del exterior la reposición de los productos de higiene
y limpieza, cuarto, los internos lavarán manualmente sus ropas, quinto, se recomienda la
elección de responsables de sala, se trata de una recomendación, no de una orden, los
internos se organizarán como crean conveniente, a condición de que cumplan las reglas
anteriores y las que seguidamente vamos a anunciar, sexto, tres veces al día se depositarán
cajas con comida en la puerta de entrada, a la derecha y a la izquierda, destinadas,
respectivamente, a los pacientes y a los posibles contagiados, séptimo, todos los restos
deberán ser quemados, considerándose restos, a todo efecto, aparte de la comida sobrante,
las cajas, los platos, los cubiertos, que están fabricados con material combustible, octavo,
la quema deberá ser efectuada en los patios interiores del edificio o en el cercado, noveno,
los internos son responsables de las consecuencias negativas de la quema, décimo, en caso
de incendio, sea éste fortuito o intencionado, los bomberos no intervendrán, undécimo,
tampoco deberán contar los internos con ningún tipo de intervención exterior en el
supuesto de que sufran cualquier otra dolencia, y tampoco en el caso de que haya entre
ellos agresiones o desórdenes, duodécimo, en caso de muerte, cualquiera que sea la causa,
los internos enterrarán sin formalidades el cadáver en el cercado, decimotercero, la comu-
nicación entre el ala de los pacientes y el ala de los posibles contagiados se hará por el
cuerpo central del edificio, el mismo por el que han entrado, decimocuarto, los contagiados
que se queden ciegos se incorporarán inmediatamente al ala segunda, en la que están los
invidentes, decimoquinto, esta comunicación será repetida todos los días, a esta misma
hora, para conocimiento de los nuevos ingresados. El Gobierno, en este momento se
apagaron las luces y calló el altavoz. Indiferente, un ciego hizo un nudo en el cordel que
tenía en las manos, luego intentó contar los nudos, los días, pero desistió, había nudos
sobrepuestos, ciegos, por así decir. La mujer del médico le dijo al marido, Se han apagado
las luces, La bombilla se habrá fundido, no es extraño, después de tantos días encendida.
Se apagaron todas, el problema ha sido fuera, Ahora también tú te has quedado ciega,
Esperaré hasta que nazca el sol. Salió de la sala, atravesó el zaguán, miró hacia fuera. Esta
parte de la ciudad estaba a oscuras, el proyector del ejército estaba apagado, debían de
tenerlo enchufado a la red general, y ahora, por lo visto, se había acabado la energía.
Al día siguiente, unos antes, otros después, porque el sol no nace al mismo tiempo
para todos los ciegos, muchas veces depende de la finura del oído de cada uno, empezaron
a reunirse en los peldaños exteriores del edificio hombres y mujeres procedentes de las dis-
tintas salas, con excepción, ya se sabe, de la de los malvados, que a esa hora deben de estar
desayunando. Esperaban el ruido del portón al ser abierto, el chirrido de los goznes sin
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