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Ensayo Sobre La Ceguera
José Saramago
ir a matar a la hiena en el cubil de la hiena, Sí, claro, pero no será la vergüenza quien nos
llene el plato, Quien quiera que seas, tienes razón, siempre hubo quien se llenó la barriga
con la falta de vergüenza, pero nosotros, que nada tenemos ya, a no ser esta última y no
merecida dignidad, seamos capaces, al menos, de luchar por los derechos que son nuestros,
Qué quieres decir con eso, Que habiendo empezado por mandar allí a las mujeres, y
comido a costa de ellas como chulos de barrio, ahora hay que mandar a los hombres, si es
que aún los hay aquí, Explícate, pero primero dinos de dónde eres, De la primera sala del
lado derecho, Habla, Es muy sencillo, vamos a buscar la comida con nuestras propias
manos, Tienen armas, Que se sepa, sólo una pistola, y no les van a durar siempre las balas,
Con las que tienen morirán algunos de los nuestros, Otros han muerto ya por menos, No
estoy dispuesto a perder la vida para que los demás sigan aquí, llenando la barriga,
Supongo que también estarás dispuesto a no comer si alguien pierde la vida para que tú
comas, preguntó sarcástico el viejo de la venda negra, y el otro no respondió.
A la entrada de la puerta que daba a las salas del ala derecha apareció una mujer
que había estado oyendo escondida, era la que recibió en la cara el chorro de sangre,
aquella en cuya boca eyaculó el muerto, aquella a cuyo oído dijo la mujer del médico,
Cállate, y ahora esta mujer está pensando, Desde aquí donde estoy, sentada en medio de
éstos, no te puedo decir cállate, no me denuncies, pero sin duda reconoces mi voz, es
imposible que la hayas olvidado, mi mano estuvo sobre tu boca, tu cuerpo contra mi
cuerpo, y yo te dije cállate, ahora ha llegado el momento de saber realmente a quién salvé,
de saber quién eres, por eso voy a hablar, por eso voy a decir en voz alta y clara, para que
puedas acusarme si es ése tu destino y mi destino, ya lo digo, No irán sólo los hombres,
irán también las mujeres, volveremos al lugar donde nos humillaron para que nada quede
de la humillación, para que podamos liberarnos de la misma manera que escupimos lo que
dejaron en nuestra boca. Lo dijo y se quedó esperando, hasta que la mujer habló, A donde
tú vayas, iré yo, fue esto lo que dijo. El viejo de la venda negra sonrió, parecía una sonrisa
feliz. Y tal vez lo fuese, no es ésta la ocasión para preguntárselo, mejor es fijarse en la
expresión de extrañeza de los otros ciegos, como si algo hubiera pasado por encima de sus
cabezas, un pájaro, una nube, una primera y tímida luz. El médico cogió la mano de la
mujer, luego preguntó, Hay todavía alguien empeñado en descubrir quién mató a aquél, o
estamos de acuerdo en que la mano que degolló a ese hombre era la mano de todos
nosotros, más exactamente, la mano de cada uno de nosotros. Nadie respondió. La mujer
del médico dijo, Démosles un plazo, esperemos hasta mañana, si los soldados no traen
comida, entonces avanzamos. Se levantaron, se dividieron, unos para el lado derecho, otros
para el lado izquierdo, imprudentemente no pensaron que podía haber estado escuchando
algún ciego de la sala de los malvados, por fortuna el diablo no siempre está detrás de la
puerta, este proverbio viene muy a cuento ahora. Fuera de tiempo habló el altavoz,
últimamente unos días hablaba y otros no, pero siempre a la misma hora, como había
prometido, seguro que había en el transmisor un sistema de relojería que en el momento
preciso hacía entrar en movimiento la cinta grabada, la razón por la que falló algunas veces
no la conoceremos, son cosas del mundo exterior, en todo caso bastante serias, porque el
resultado fue un lío de calendario, la llamada cuenta de los días, que algunos ciegos,
maníacos por naturaleza, o amantes del orden, que es una forma moderada de manía,
intentaban llevar escrupulosamente haciendo nudos en un cordel, aquellos que no se fiaban
de su memoria, como quien va escribiendo un diario. Ahora sonaba fuera de tiempo, debía
de haberse averiado el mecanismo, un eje torcido, una soldadura suelta, ojalá la grabación
no vuelva una y otra vez al principio, infinitamente, era lo que nos faltaba, además de
ciegos, locos. Por los corredores, por las salas, como en un último e inútil aviso, resonaba
la voz autoritaria, El Gobierno lamenta haberse visto obligado a ejercer enérgicamente lo
que considera que es su deber y su derecho, proteger a la población por todos los medios
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