ENSAYO SOBRE LA CEGUERA ensayo sobre la ceguera - grados decimos | Page 9
Ensayo Sobre La Ceguera
José Saramago
expresión perpleja, No le encuentro ninguna lesión, tiene los ojos perfectos. La mujer juntó
las manos en un gesto de alegría, y exclamó, Ya te lo dije, ya te dije que todo se iba a
resolver. Sin hacerle caso, el ciego preguntó, Puedo sacar la barbilla de aquí, doctor, Claro
que sí, perdone, Si, como dice, mis ojos están perfectos, por qué estoy ciego, Por ahora no
sé decírselo, vamos a tener que hacer exámenes más minuciosos, análisis, ecografía,
encefalograma, Cree que esto tiene algo que ver con el cerebro, Es una posibilidad, pero no
lo creo, Sin embargo, doctor, dice usted que en mis ojos no encuentra nada malo, Así es,
no veo nada, No entiendo, Lo que quiero decir es que si usted está de hecho ciego, su
ceguera, en este momento, resulta inexplicable, Duda acaso de que yo esté ciego, No,
hombre, no, el problema es la rareza del caso, personalmente, en toda mi vida de médico,
nunca vi un caso igual, y me atrevería incluso a decir que no se ha visto en toda la historia
de la oftalmología, Y cree usted que tengo cura, En principio, dado que no encuentro lesión
alguna ni malformaciones congénitas, mi respuesta tendría que ser afirmativa, Pero, por lo
visto, no lo es, Sólo por prudencia, sólo porque no quiero darle esperanzas que podrían
luego resultar carentes de fundamento, Comprendo, Es así, Y tengo que seguir algún
tratamiento, tomar alguna medicina, Por ahora no voy a recetarle nada, sería recetar a
ciegas, Ésa es una observación apropiada, observó el ciego. El médico hizo como si no
hubiera oído, se apartó del taburete giratorio en el que se había sentado para efectuar la
observación y, de pie, escribió en una hoja de receta los exámenes y análisis que
consideraba necesarios. Le entregó el papel a la mujer, Aquí tiene, señora, vuelva con su
marido cuando tengan los resultados, y si mientras tanto hay algún cambio, llámeme, La
consulta, doctor, Páguenla a la salida, a la enfermera. Los acompañó hasta la puerta, mu-
sitó una frase dándoles confianza, algo como Vamos a ver, vamos a ver, es necesario no
desesperar, y, cuando se encontró de nuevo solo, entró en el pequeño cuarto de baño anejo
y se quedó mirándose al espejo durante un minuto largo, Qué será eso, murmuró. Luego
volvió a la sala de consulta, llamó a la enfermera, Que entre el siguiente.
Aquella noche, el ciego soñó que estaba ciego. Al ofrecerse para ayudar al ciego, el
hombre que luego robó el coche no tenía, en aquel preciso momento, ninguna intención
malévola, muy al contrario, lo que hizo no fue más que obedecer a aquellos sentimientos
de generosidad y de altruismo que son, como todo el mundo sabe, dos de las mejores
características del género humano, que pueden hallarse, incluso, en delincuentes más
empedernidos que éste, un simple ladronzuelo de automóviles sin esperanza de ascenso en
su carrera, explotado por los verdaderos amos del negocio, que son los que se aprovechan
de las necesidades de quien es pobre. A fin de cuentas, no es tan grande la diferencia entre
ayudar a un ciego para robarle luego y cuidar a un viejo caduco y baboso con el ojo puesto
en la herencia. Sólo cuando estaba cerca de la casa del ciego se le ocurrió la idea con toda
naturalidad, exactamente, podríamos decir, como si hubiera decidido comprar un billete de
lotería por encontrarse al vendedor, no tuvo ningún presentimiento, compró el billete para
ver qué pasaba, conforme de antemano con lo que la voluble fortuna le trajese, algo o nada,
otros dirían que actuó según un reflejo condicionado de su personalidad. Los escépticos
sobre la naturaleza humana, que son muchos y obstinados, vienen sosteniendo que, si bien
es cierto que la ocasión no siempre hace al ladrón, también es cierto que ayuda mucho. En
cuanto a nosotros, nos permitiremos pensar que si el ciego hubiera aceptado el segundo
ofrecimiento del, en definitiva, falso samaritano, en aquel último instante en que la bondad
podría haber prevalecido aún, nos referimos al ofrecimiento de quedarse haciéndole
compañía hasta que llegase la mujer, quién sabe si el efecto de la responsabilidad moral
resultante de la confianza así otorgada no habría inhibido la tentación delictiva y hubiera
facilitado que aflorase lo que de luminoso y noble podrá siempre encontrarse hasta en las
almas endurecidas por la maldad. Concluyendo de manera plebeya, como no se cansa de
enseñarnos el proverbio antiguo, el ciego, creyendo que se santiguaba, se rompió la nariz.
Página 9 de 148