ENSAYO SOBRE LA CEGUERA ensayo sobre la ceguera - grados decimos | Page 8
Ensayo Sobre La Ceguera
José Saramago
ayudado por la mujer, parecía tranquilo, pero, a la entrada del consultorio, donde iba a
conocer su suerte, le preguntó en un murmullo estremecido, Cómo estaré cuando salga de
aquí, y movió la cabeza como quien ya nada espera.
La mujer explicó a la recepcionista que era la persona que había llamado hacía
media hora por la ceguera del marido, y ella los hizo pasar a una salita donde esperaban
otros enfermos. Estaban un viejo con una venda negra cubriéndole un ojo, un niño que pa-
recía estrábico y que iba acompañado por una mujer que debía de ser la madre, una joven
de gafas oscuras, otras dos personas sin particulares señales a la vista, pero ningún ciego,
los ciegos no van al oftalmólogo. La mujer condujo al marido hasta una silla libre y, como
no quedaba otro asiento, se quedó de pie a su lado, Vamos a tener que esperar, le murmuró
al oído. Él se había dado cuenta ya, porque había oído hablar a los que aguardaban, ahora
lo atormentaba una preocupación diferente, pensaba que cuanto más tardase el médico en
examinarlo, más profunda se iría haciendo su ceguera, y por lo tanto incurable, sin
remedio. Se removió en la silla, inquieto, iba a comunicar sus temores a la mujer, pero en
aquel momento se abrió la puerta y la enfermera dijo, Pasen ustedes, por favor, y,
dirigiéndose a los otros, Es orden del doctor, es un caso urgente. La madre del chico
estrábico protestó, el derecho es el derecho, ellos estaban primero y llevaban más de una
hora esperando. Los otros enfermos la apoyaron en voz baja, pero ninguno, ni ella misma,
encontraron prudente seguir insistiendo en su reclamación, no fuera a enfadarse el médico
y les hiciera pagar luego la impertinencia haciéndolos esperar aún más, que casos así se
han visto. El viejo del ojo vendado fue magnánimo, Déjenlo, pobre hombre, que está
bastante peor que cualquiera de nosotros. El ciego no lo oyó, estaban entrando ya en el
despacho del médico, y la mujer decía, Gracias, doctor, es que mi marido, y se quedó
cortada, en realidad no sabía lo que había ocurrido realmente, sabía sólo que su marido
estaba ciego y que les habían robado el coche. El médico dijo, Siéntense, por favor, y él
personalmente ayudó al enfermo a acomodarse, y luego, tocándole la mano, le habló
directamente, A ver, cuénteme lo que le ha pasado. El ciego explicó que estaba en el coche,
esperando que el semáforo se pusiera en verde, y que de pronto se había quedado sin ver,
que había acudido gente a ayudarle, que una mujer mayor, por la voz debía de serlo, dijo
que aquello podían ser nervios, y que después lo acompañó un hombre hasta casa, porque
él solo no podía valerse, Lo veo todo blanco, doctor. No habló del robo del coche.
El médico le preguntó, Nunca le había ocurrido nada así, quiero decir, lo de ahora,
o algo parecido, Nunca, doctor, ni siquiera llevo gafas, Y dice que fue de repente, Sí,
doctor, Como una luz que se apaga, Más bien como una luz que se enciende, Había notado
diferencias en la vista estos días pasados, No, doctor, Y hubo algún caso de ceguera en su
familia, No, doctor, en los parientes que he conocido o de los que oí hablar, nadie, Sufre
diabetes, No, doctor, Y sífilis, No, doctor, Hipertensión arterial o intracraneana, Intra-
craneana, no sé, de la otra sé que no, en la empresa nos hacen reconocimientos, Se dio
algún golpe fuerte en la cabeza, hoy o ayer, No, doctor, Cuántos años tiene, Treinta y ocho,
Bueno, vamos a ver esos ojos. El ciego los abrió mucho, como para facilitar el examen,
pero el médico lo cogió por el brazo y lo colocó detrás de un aparato que alguien con
imaginación tomaría por un nuevo modelo de confesionario en el que los ojos hubieran
sustituido a las palabras, con el confesor mirando directamente el interior del alma del
pecador. Apoye la barbilla aquí, recomendó, y mantenga los ojos bien abiertos, no se