ENSAYO SOBRE LA CEGUERA ensayo sobre la ceguera - grados decimos | Page 75
Ensayo Sobre La Ceguera
José Saramago
mendrugo por las almas del purgatorio, y si es posible, adornado con algún condumio, no
murieron de hambre, es verdad, pero tuvieron que oír lo que no quisieron, Con ideas de
ésas bien pueden cambiar de oficio, Si hubiéramos hecho caso de lo que decíais, en qué
situación estaríamos ahora, pero lo peor fue cuando les dijeron, Tened paciencia, tened
paciencia, no hay palabras más duras de oír, mejor los insultos. Y cuando los tres días de
castigo acabaron y parecía que iba a nacer un día nuevo, se vio que el castigo de la infeliz
sala donde se albergaban los cuarenta ciegos insurrectos no había acabado, pues, la
comida, que hasta entonces apenas llegaba para veinte, pasó a ser tan poca que ni diez
conseguían calmar el hambre. Se puede uno imaginar la revuelta, la indignación, y
también, duela a quien duela, que hechos son hechos, el miedo de las salas restantes, que se
veían asaltadas por los necesitados, divididas, ellas, entre el deber clásico de humana
solidaridad y la observancia del viejo y no menos clásico precepto de que la caridad bien
entendida empieza por uno mismo.
Estaban así las cosas cuando llegó orden de los malvados para que les fuese
entregado más dinero y objetos valiosos, dado que, decían, la comida proporcionada
rebasaba con mucho el valor del pago inicial, que, aseguraban, habían calculado con
generosidad. Respondieron desconsoladas las salas que no, que no quedaba en sus bolsillos
ni un céntimo, que todos sus bienes fueron puntualmente entregados, y que, argumento éste
en verdad vergonzoso, no sería del todo ecuánime cualquier decisión que deliberadamente
dejase de lado las diferencias de valor entre las distintas contribuciones, es decir, con
palabras sencillas y de fácil entendimiento, no estaba bien que pagaran justos por
pecadores, y por tanto, no se debían cortar los alimentos a quienes, probablemente,
tendrían todavía un saldo a su favor. Ninguna de las salas, evidentemente, conocía el valor
de lo entregado por las restantes, pero cada una imaginaba razones para continuar
comiendo cuando a las demás se les hubiese acabado el crédito. Felizmente los conflictos
latentes murieron al nacer, porque los malvados fueron terminantes, la orden tenía que ser
cumplida por todos, si había diferencias en la valuación de lo recaudado, pertenecían al
secreto registro del ciego contable. En las salas, la discusión fue encendida, áspera, algunas
veces llegó a la violencia. Sospechaban algunos que otros, egoístas y malintencionados,
ocultaron parte de sus valores en el momento de la recogida, y que estuvieron, en
consecuencia, comiendo a costa de quienes honestamente se habían despojado de todo en
beneficio de la comunidad. Alegaban otros, recuperando para uso personal lo que hasta
entonces era argumentación colectiva, que lo que entregaron daría para continuar
comiendo durante muchos días, en vez de tener que estar allí sustentando parásitos. La
amenaza que los ciegos malvados hicieron al principio, de venir a pasar revista a las salas y
castigar a los infractores, acabó siendo ejecutada dentro de cada una, ciegos buenos contra
ciegos malos, malvados también. No se encontraron riquezas estupendas, pero fueron des-
cubiertos aún unos cuantos relojes y anillos, más de hombre que de mujer. En cuanto a los
castigos de la justicia interna, no pasaron de unos tortazos al azar, unos débiles puñetazos
mal dirigidos, lo que más se oyó fueron insultos, alguna frase perteneciente a una antigua
retórica acusatoria, por ejemplo, Serías capaz de robar a tu propia madre, imagínense,
como si una ignominia así, y otras de mayor consideración, para ser cometidas, tuvieran
que esperar al día en que toda la gente se quedara ciega y, por haber perdido la luz de los
ojos, perder también el faro del respeto. Los ciegos malvados recibieron el pago con
amenazas de duras represalias, que por suerte luego no cumplieron, se pensó que por
olvido, cuando lo cierto es que andaban ya con otra idea en la cabeza, como no tardará en
saberse. Si hubiesen ejecutado sus amenazas, nuevas injusticias vendrían a agravar la
situación, acaso con consecuencias dramáticas inmediatas, porque dos salas, para ocultar el
delito de retención de que eran culpables, se presentaron en nombre de otras, cargando a
las salas inocentes con culpas que no eran suyas, pues alguna era tan honesta que lo había
Página 75 de 148