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Ensayo Sobre La Ceguera
José Saramago
pero no podría dejar de mencionar, al menos, dos casos de cáncer bastante avanzados, que
no quisieron las autoridades tener contemplaciones humanitarias a la hora de cazar a los
ciegos y traerlos aquí, dijeron incluso que la ley cuando nace es igual para todos, y que la
democracia es incompatible con tratos de favor. Médicos, entre tanta gente, así lo quiso la
mala suerte, hay sólo uno, y para colmo oculista, el que menos falta nos hace. Llegado a
este punto, el ciego cronista, cansado de describir tanta miseria y tanto dolor, dejaría caer
sobre la mesa el punzón metálico, buscaría con mano trémula el mendrugo de pan duro que
había dejado a un lado mientras cumplía con sus obligaciones de escribano, pero no lo
encontraría, porque otro ciego, de tanto le puede valer el olfato para esta necesidad, se lo
había robado. Entonces, renegando de su gesto fraternal, del abnegado impulso que lo
había traído a este lado, decidió el ciego cronista que lo mejor, si aún estaba a tiempo, era
volver a la tercera sala lado izquierdo, donde al menos, por mucho que se le revuelva el
espíritu de santa indignación ante la injusticia de aquellos malvados, no pasará hambre.
De esto realmente se trata. Cada vez que los encargados de ir a buscar comida
vuelven a las salas con lo poco que les fue entregado, estallan, furiosas, las protestas. Hay
siempre alguien que propone una acción colectiva organizada, una masiva manifestación,
presentando como argumento en su apoyo la tantas veces comprobada fuerza expansiva del
número, sublimada en la afirmación dialéctica de que las voluntades, en general apenas
adicionables unas a otras, también son muy capaces, en ciertas circunstancias, de mul-
tiplicarse entre sí hasta el infinito. No obstante, los ánimos se calmaban pronto, bastaba
con que alguien, más prudente, con la simple y objetiva intención de ponderar las ventajas
y los riesgos de la acción propuesta, recordase a los entusiastas los efectos mortales que
suelen tener las pistolas, Quienes vayan delante saben lo que les espera, decían, en cuanto a
los de atrás, lo mejor es no imaginar qué sucederá en el caso bastante probable de que nos
asustemos al primer disparo, seremos más los que moriremos aplastados que a tiros. Como
solución intermedia, se decidió en una de las salas, y de esa decisión pasaron noticia a las
otras, que mandarían a buscar la comida, no a los ya escarmentados emisarios de
costumbre, sino a un grupo nutrido de ellos, manera de decir ésta obviamente impropia,
unas diez o doce personas, que tratarían de expresar, coralmente, el descontento de todos.
Pidieron voluntarios, pero, tal vez por efecto de las conocidas advertencias de los
cautelosos, en ninguna sala fueron tantos los que se presentaron para la misión. Gracias a
Dios, esta evidente muestra de flaqueza moral dejó de tener cualquier importancia, e
incluso de ser motivo de vergüenza, cuando, dando la razón a la voz de la prudencia, se
tuvo conocimiento del resultado de la expedición organizada por la sala autora de la idea.
Los ocho valerosos que se presentaron fueron inmediatamente corridos a garrotazos, y si
bien es verdad que sólo fue disparada una bala, no es menos cierto que ésta no llevaba la
puntería tan alta como las primeras, la prueba está en que los reclamantes juraron después
haberla oído silbar cerquísima de sus cabezas. Si hubo aquí intención asesina, tal vez lo
vengamos a saber después, concédase por ahora al tirador el beneficio de la duda, es decir,
que aquel disparo no pasó de ser un aviso, aunque más en serio, o que el jefe de los malva-
dos se equivocó acerca de la altura de los manifestantes, por imaginarlos más bajos, o
quizá, suposición inquietante, el equívoco fue imaginarlos más altos de lo que realmente
eran, caso en el que la intención de matar tendría que ser inevitablemente considerada. De-
jando ahora de lado estas menudas cuestiones, y atendiendo a los intereses generales, que
son los que cuentan, se celebró como una auténtica providencia, aunque haya sido sólo
casualidad, que los reclamantes se hubieran anunciado como delegados de la sala número
tal. Así sólo ella tuvo que ayunar por castigo durante tres días, y con mucha suerte, que
podían haberles privado de víveres para siempre, como es justo que ocurra con quien osa
morder la mano que le da de comer. No tuvieron, pues, más remedio los de la sala insu-
rrecta, durante esos tres días, que andar de puerta en puerta implorando la limosna de un
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