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Ensayo Sobre La Ceguera
José Saramago
unas veces eran de más, otras de menos, acabaron amontonándose todos a la entrada, como
civiles que eran, sin ningún orden, ni se acordaron siquiera de poner delante a las mujeres y
a los niños, como en los otros naufragios. Hay que decir, antes de que se nos olvide, que no
todos los disparos habían sido hechos al aire, uno de los conductores de los autobuses se
negó a ir con los ciegos, protestó, dijo que veía perfectamente, el resultado, tres segundos
después, vino a darle la razón al ministerio de Sanidad cuando afirmaba que estar muerto
es estar ciego. El sargento dio las órdenes ya conocidas, Sigan adelante, en línea recta, hay
una escalera con seis peldaños, seis, cuando las alcancen, suban lentamente, si alguien tro-
pieza, no quiero ni pensar lo que ocurrirá, la única recomendación que se echó en falta fue
la de seguir la cuerda, pero se comprende, si la usasen no acabarían nunca de entrar,
Atención, recomendaba el sargento, ya tranquilo porque estaban todos del otro lado del
portón, hay tres salas a la derecha y tres a la izquierda, cada sala tiene cuarenta camas, que
no se separen las familias, procuren no atropellarse, cuéntense a la entrada, pidan a los que
están allí que les ayuden, ya verán cómo todo va bien, acomódense tranquilos, tranquilos,
luego les daremos la comida.
No estaría bien imaginar que estos ciegos, en tal cantidad, van allí como borregos al
matadero, balando como de costumbre, un poco apretados, es cierto, pero ésa fue siempre
su manera de vivir, pelo con pelo, aliento con aliento, hedor con hedor. Aquí van unos que
lloran, otros que gritan de miedo o de rabia, otros que blasfeman, alguien ha soltado una
amenaza inútil y terrible, Como os agarre un día, se supone que se dirige a los soldados, os
arranco los ojos. Inevitablemente, los primeros en llegar a la escalera tuvieron que pararse,
había que tantear con el pie la altura y la profundidad del peldaño, la presión de los que
venían detrás hizo caer a dos o tres de los de delante, afortunadamente no pasó de ahí, sólo
unas piernas desolladas, el consejo del sargento valía como una bendición. Una parte entró
en el zaguán, pero doscientas personas no se acomodan con facilidad, para colmo ciegas y
sin guía, añadiéndose a esta circunstancia, ya de por sí penosa, el hecho de encontrarnos en
un edificio antiguo, de distribución poco funcional, no basta que diga un sargento que
apenas sabe de su oficio, Hay tres salas a cada lado, hay que ver el interior, aquí dentro,
unos vanos de puertas tan estrechos que más parecen cuellos de botella, unos corredores
tan locos como los que ocuparon antes el edificio, empiezan no se sabe por qué, acaban no
se sabe dónde, y nunca llega a saberse lo que quieren. Por instinto, la vanguardia de los
ciegos se había dividido en dos columnas, desplazándose a lo largo de las paredes, de un
lado y del otro, en busca de una puerta por donde entrar, método seguro, sin duda, en el su-
puesto de que no haya muebles cruzados en el camino. Tarde o temprano, con paciencia y
habilidad, los nuevos huéspedes acabarán por acomodarse, pero no antes de que se decida
la batalla que acaba de trabarse entre las primeras líneas de la columna de la izquierda y los
contaminados que de ese lado viven. Era de esperar. Lo que estaba decidido, y había
incluso un reglamento redactado por el ministerio de Sanidad, era que ese lado quedaba
reservado para los contaminados, y si verdad era que podía preverse, con altísimo grado de
probabilidad, que todos ellos acabarían por quedarse ciegos, verdad era también,
obedeciendo a la pura lógica, que mientras no lo estuvieran no se podía jurar que efec-
tivamente estaban destinados a la ceguera. Está uno tranquilamente sentado en su casa,
confiando en que, pese a los ejemplos contrarios, al menos en su caso acabe todo
resolviéndose bien, y de repente ve que avanza en su dirección un bando ululante de
aquellos a quienes más teme. En el primer momento, los contaminados pensaron que se
trataba de un grupo de iguales a ellos, sólo que más numeroso, pero poco duró el engaño,
aquella gente estaba ciega, Aquí no podéis entrar, esta parte es nuestra, sólo nuestra, no es
para ciegos, a vosotros os toca al otro lado, gritaron los que estaban de guardia en la puerta.
Algunos ciegos intentaron dar media vuelta para buscar la otra entrada, tanto les daba
izquierda como derecha, pero la masa de los que seguían fluyendo desde el exterior los
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