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Ensayo Sobre La Ceguera
José Saramago
todo lo que encontrara de valor. No es necesario, dijo, no se moleste, ya me las arreglaré, y
mientras hablaba, iba cerrando la puerta lentamente, No es necesario, no es necesario.
Suspiró aliviado al oír el ruido del ascensor bajando. Con un gesto maquinal, sin
recordar el estado en que se hallaba, abrió la mirilla de la puerta y observó hacia el
exterior. Al otro lado era como si hubiera un muro blanco. Sentía el contacto del aro
metálico en el arco superciliar, rozaba con las pestañas la minúscula lente, pero no podía
ver nada, la blancura insondable lo cubría todo. Sabía que estaba en su casa, la reconocía
por el olor, por la atmósfera, por el silencio, distinguía los muebles y los objetos sólo con
tocarlos, les pasaba los dedos por encima, levemente, pero era como si todo estuviera
diluyéndose en una especie de extraña dimensión, sin direcciones ni referencias, sin norte
ni sur, sin bajo ni alto. Como probablemente ha hecho todo el mundo, había jugado en
algunas ocasiones, en la adolescencia, al juego de Y si fuese ciego, y al cabo de cinco
minutos con los ojos cerrados había llegado a la conclusión de que la ceguera, sin duda una
terrible desgracia, podría ser relativamente soportable si la víctima conservara un recuerdo
suficiente, no sólo de los colores, sino también de las formas y de los planos, de las
superficies y de los contornos, suponiendo, claro está, que aquella ceguera no fuese de
nacimiento. Había llegado incluso a pensar que la oscuridad en que los ciegos vivían no
era, en definitiva, más que la simple ausencia de luz, que lo que llamamos ceguera es algo
que se limita a cubrir la apariencia de los seres y de las cosas, dejándolos intactos tras un
velo negro. Ahora, al contrario, se encontraba sumergido en una albura tan luminosa, tan
total, que devoraba no sólo los colores, sino las propias cosas y los seres, haciéndolos así
doblemente invisibles.
Al moverse en dirección a la sala de estar, y pese a la prudente lentitud con que
avanzaba, deslizando la mano vacilante a lo largo de la pared, tiró al suelo un jarrón de
flores con el que no contaba. Lo había olvidado, o quizá lo hubiera dejado allí la mujer
cuando salió para el trabajo, con intención de colocarlo luego en el sitio adecuado. Se
inclinó para evaluar la magnitud del desastre. El agua corría por el suelo encerado. Quiso
recoger las flores, pero no pensó en los vidrios rotos, una lasca larga, finísima, se le clavó
en un dedo, y él volvió a gemir de dolor, de abandono, como un chiquillo, ciego de
blancura en medio de una casa que, al caer la tarde, empezaba a cubrirse de oscuridad. Sin
dejar las flores, notando que por su mano corría la sangre, se inclinó para sacar el pañuelo
del bolsillo y envolver el dedo como pudiese. Luego, palpando, tropezando, bordeando los
muebles, pisando cautelosamente para no trastabillar con las alfombras, llegó hasta el sofá
donde él y su mujer veían la televisión. Se sentó, dejó las flores en el regazo y, con mucho
cuidado, desenrolló el pañuelo. La sangre, pegajosa al tacto, le inquietó, pensó que sería
porque no podía verla, su sangre era ahora una viscosidad sin color, algo en cierto modo
ajeno a él y que, pese a todo, le pertenecía, pero como una amenaza contra sí mismo.
Despacio, palpando levemente con la mano buena, buscó la fina esquirla de vidrio, aguda
como una minúscula espada, y, haciendo pinza con las uñas del pulgar y del índice,
consiguió extraerla entera. Envolvió de nuevo el dedo herido en el pañuelo, lo apretó para
restañar la sangre, y, rendido, agotado, se reclinó en el sofá. Un minuto después, por una de
esas extrañas dimisiones del cuerpo, que escoge, para renunciar, ciertos momentos de
angustia o de desesperación, cuando, si se gobernase exclusivamente por la lógica, todo él
debería estar en vela y tenso, le entró una especie de sopor, más somnolencia que sueño
auténtico, pero tan pesado como él. Inmediatamente soñó que estaba jugando al juego de Y
si fuese ciego, soñaba que cerraba y abría los ojos muchas veces, y que, cada vez, como si
estuviera regresando de un viaje, lo estaban esperando, firmes e inalteradas, todas las
formas y los colores, el mundo tal como lo conocía. Por debajo de esta certidumbre tran-
quilizadora percibía, no obstante, la agitación sorda de una duda, tal vez se tratase de un
sueño engañador, un sueño del que forzosamente despertaría más pronto o más tarde, sin
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