ENSAYO SOBRE LA CEGUERA ensayo sobre la ceguera - grados decimos | Seite 4
Ensayo Sobre La Ceguera
José Saramago
es como si hubiera caído en un mar de leche, Pero la ceguera no es así, dijo el otro, la
ceguera dicen que es negra, Pues yo lo veo todo blanco, A lo mejor tiene razón la mujer,
será cosa de nervios, los nervios son el diablo, Yo sé muy bien lo que es esto, una
desgracia, sí, una desgracia, Dígame dónde vive, por favor, al mismo tiempo se oyó que el
motor se ponía en marcha. Balbuceando, como si la falta de visión hubiera debilitado su
memoria, el ciego dio una dirección, luego dijo, No sé cómo voy a agradecérselo, y el otro
respondió, Nada, hombre, no tiene importancia, hoy por ti, mañana por mí, nadie sabe lo
que le espera, Tiene razón, quién me iba a decir a mí, cuando salí esta mañana de casa, que
iba a ocurrirme una desgracia como ésta. Le sorprendió que continuaran parados, Por qué
no avanzamos, preguntó, El semáforo está en rojo, respondió el otro, Ah, dijo el ciego, y
empezó de nuevo a llorar. A partir de ahora no sabrá cuándo el semáforo se pone en rojo.
Tal como había dicho el ciego, su casa estaba cerca. Pero las aceras estaban todas
ocupadas por coches aparcados, no encontraron sitio para estacionar el suyo, y se vieron
obligados a buscar un espacio en una de las calles transversales. Allí, la acera era tan
estrecha que la puerta del asiento del lado del conductor quedaba a poco más de un palmo
de la pared, y el ciego, para no pasar por la angustia de arrastrarse de un asiento al otro,
con la palanca del cambio de velocidades y el volante dificultando sus movimientos, tuvo
que salir primero. Desamparado, en medio de la calle, sintiendo que se hundía el suelo bajo
sus pies, intentó contener la aflicción que le agarrotaba la garganta. Agitaba las manos ante
la cara, nervioso, como si estuviera nadando en aquello que había llamado un mar de leche,
pero cuando se le abría la boca a punto de lanzar un grito de socorro, en el último momento
la mano del otro le tocó suavemente el brazo, Tranquilícese, yo lo llevaré. Fueron andando
muy despacio, el ciego, por miedo a caerse, arrastraba los pies, pero eso le hacía tropezar
en las irregularidades del piso, Paciencia, que estamos llegando ya, murmuraba el otro, y,
un poco más adelante, le preguntó, Hay alguien en su casa que pueda encargarse de usted,
y el ciego respondió, No sé, mi mujer no habrá llegado aún del trabajo, es que yo hoy salí
un poco antes, y ya ve, me pasa esto, Ya verá cómo no es nada, nunca he oído hablar de
alguien que se hubiera quedado ciego así de repente, Yo, que me sentía tan satisfecho de
no usar gafas, nunca las necesité, Pues ya ve. Habían llegado al portal, dos vecinas miraron
curiosas la escena, ahí va el vecino, y lo llevan del brazo, pero a ninguna se le ocurrió
preguntar, Se le ha metido algo en los ojos, no se les ocurrió y tampoco él podía
responderles, Se me ha metido por los ojos adentro un mar de leche. Ya en casa, el ciego
dijo, Muchas gracias, perdone las molestias, ahora me puedo arreglar yo, Qué va, no,
hombre, no, subiré con usted, no me quedaría tranquilo si lo dejo aquí. Entraron con
dificultad en el estrecho ascensor, En qué piso vive, En el tercero, no puede usted
imaginarse qué agradecido le estoy, Nada, hombre, nada, hoy por ti mañana por mí, Sí,
tiene razón, mañana por ti. Se detuvo el ascensor y salieron al descansillo, Quiere que le
ayude a abrir la puerta, Gracias, creo que podré hacerlo yo solo. Sacó del bolsillo unas
llaves, las tanteó, una por una, pasando la mano por los dientes de sierra, dijo, Ésta debe de
ser, y, palpando la cerradura con la punta de los dedos de la mano izquierda intentó abrir la
puerta, No es ésta, Déjeme a mí, a ver, yo le ayudaré. A la tercera tentativa se abrió la
puerta. Entonces el ciego preguntó hacia dentro, Estás ahí. Nadie respondió, y él, Es lo que
dije, no ha venido aún. Con los brazos haci