ENSAYO SOBRE LA CEGUERA ensayo sobre la ceguera - grados decimos | Page 47

Ensayo Sobre La Ceguera José Saramago porque así es más fácil, El otro también decía que quien parte y reparte y no se queda con la mejor parte, o es loco, o en el repartir no tiene arte, Mierda, a ver si acabas ya con lo que dice el otro, que me ponen nervioso los refranes, Lo que tendríamos que hacer es llevar toda la comida al refectorio, cada sala elegir tres para el reparto, con seis personas contando no habrá peligro de trampas y triquiñuelas, Y cómo vamos a saber que es verdad cuando digan que somos tantos en la sala, Estamos tratando con gente honrada, Y eso, también lo dijo el otro, No, eso lo digo yo, Mira, amigo, lo que somos aquí de verdad es gente con hambre. Como si durante todo este tiempo hubiera estado esperando la consigna, el ábrete sésamo, se oyó por fin el altavoz, Atención, atención, los internos tienen autorización para venir a recoger la comida, pero cuidado, si alguien se aproxima demasiado a la reja del portón, recibirá un primer aviso verbal, en caso de no volver inmediatamente atrás, el segundo aviso será una bala. Los ciegos avanzaron con lentitud, algunos, más confiados, directamente hacia donde creían que estaría la puerta, los otros, menos seguros de sus inci- pientes capacidades de orientación, preferían ir deslizándose a lo largo de la pared, así no habría error posible, cuando llegasen a la esquina sólo tenían que seguir la pared en ángulo recto, allí estaría la puerta. Imperativo, impaciente, el altavoz repitió la llamada. El cambio de tono, notorio incluso para quien no tuviera motivos de desconfianza, asustó a los ciegos. Uno de ellos declaró, Yo no salgo de aquí, lo que quieren es reunirnos fuera para matarnos a todos, Yo tampoco salgo, dijo otro, Ni yo, reforzó un tercero. Estaban parados, irresolutos, algunos querían salir, pero el miedo iba apoderándose de todos. Se oyó la voz de nuevo, Si pasan tres minutos sin que aparezca nadie para llevarse las cajas de comida, las retiramos. La amenaza no venció al temor, sólo lo empujó hacia las últimas cavernas de la mente, como un animal perseguido que queda a la espera de una ocasión para atacar. Recelosos, intentando cada uno ocultarse detrás de otro, fueron saliendo los ciegos hacia el rellano de la escalera. No podían ver que las cajas no se encontraban junto al pasamanos, que era donde esperaban encontrarlas, no podían saber que los soldados, temiendo el contagio, se habían negado incluso a aproximarse a la cuerda de la que se habían servido todos los ciegos internados. Las cajas de comida habían sido apiladas, más o menos, en el sitio donde la mujer del ciego recogió el azadón. Avancen, avancen, ordenó el sargento. De modo confuso, los ciegos intentaban ponerse en fila para avanzar ordenadamente, pero el sargento les gritó, Las cajas no están ahí, dejen la cuerda, déjenla, desplácense hacia la derecha, la vuestra, la vuestra, idiotas, no hay que tener ojos para saber de qué lado está la mano derecha. La advertencia fue hecha a tiempo, algunos ciegos de espíritu riguroso habían entendido la orden al pie de la letra, si era la derecha, tenía que ser, lógicamente, la derecha de quien hablaba, por eso intentaban pasar por debajo de la cuerda para ir en busca de las cajas sabe Dios dónde. En circunstancias diferentes, lo grotesco del espectáculo hubiera hecho reír a carcajadas al más grave de los observadores, era de partirse de risa, unos cuantos ciegos avanzando a gatas, de narices casi contra el suelo, como gorrinos, un brazo adelantado tentando el aire, mientras otros, tal vez con miedo a que el espacio blanco, fuera de la protección del techo, los engullera, se mantenían desesperadamente aferrados a la cuerda y aguzaban el oído, esperando la primera exclamación que señalaría el hallazgo de las cajas. Los soldados sentían ganas de apuntar las armas y descargarlas deliberadamente, fríamente, en aquellos imbéciles que se movían ante sus ojos como can- grejos cojos, agitando las pinzas torpes en busca de la pata que les faltaba. Sabían lo que había dicho en el cuartel aquella misma mañana el comandante del regimiento, que el problema de los ciegos sólo podría resolverse a través de la liquidación física de todos ellos, los habidos y los por haber, sin contemplaciones falsamente humanitarias, palabras suyas, del mismo modo que se corta un miembro gangrenado para salvar la vida del cuerpo, la rabia de un perro muerto, decía ilustrativamente, está curada por naturaleza. A Página 47 de 148