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Ensayo Sobre La Ceguera
José Saramago
porque así es más fácil, El otro también decía que quien parte y reparte y no se queda con
la mejor parte, o es loco, o en el repartir no tiene arte, Mierda, a ver si acabas ya con lo que
dice el otro, que me ponen nervioso los refranes, Lo que tendríamos que hacer es llevar
toda la comida al refectorio, cada sala elegir tres para el reparto, con seis personas
contando no habrá peligro de trampas y triquiñuelas, Y cómo vamos a saber que es verdad
cuando digan que somos tantos en la sala, Estamos tratando con gente honrada, Y eso,
también lo dijo el otro, No, eso lo digo yo, Mira, amigo, lo que somos aquí de verdad es
gente con hambre.
Como si durante todo este tiempo hubiera estado esperando la consigna, el ábrete
sésamo, se oyó por fin el altavoz, Atención, atención, los internos tienen autorización para
venir a recoger la comida, pero cuidado, si alguien se aproxima demasiado a la reja del
portón, recibirá un primer aviso verbal, en caso de no volver inmediatamente atrás, el
segundo aviso será una bala. Los ciegos avanzaron con lentitud, algunos, más confiados,
directamente hacia donde creían que estaría la puerta, los otros, menos seguros de sus inci-
pientes capacidades de orientación, preferían ir deslizándose a lo largo de la pared, así no
habría error posible, cuando llegasen a la esquina sólo tenían que seguir la pared en ángulo
recto, allí estaría la puerta. Imperativo, impaciente, el altavoz repitió la llamada. El cambio
de tono, notorio incluso para quien no tuviera motivos de desconfianza, asustó a los ciegos.
Uno de ellos declaró, Yo no salgo de aquí, lo que quieren es reunirnos fuera para matarnos
a todos, Yo tampoco salgo, dijo otro, Ni yo, reforzó un tercero. Estaban parados,
irresolutos, algunos querían salir, pero el miedo iba apoderándose de todos. Se oyó la voz
de nuevo, Si pasan tres minutos sin que aparezca nadie para llevarse las cajas de comida,
las retiramos. La amenaza no venció al temor, sólo lo empujó hacia las últimas cavernas de
la mente, como un animal perseguido que queda a la espera de una ocasión para atacar.
Recelosos, intentando cada uno ocultarse detrás de otro, fueron saliendo los ciegos hacia el
rellano de la escalera. No podían ver que las cajas no se encontraban junto al pasamanos,
que era donde esperaban encontrarlas, no podían saber que los soldados, temiendo el
contagio, se habían negado incluso a aproximarse a la cuerda de la que se habían servido
todos los ciegos internados. Las cajas de comida habían sido apiladas, más o menos, en el
sitio donde la mujer del ciego recogió el azadón. Avancen, avancen, ordenó el sargento. De
modo confuso, los ciegos intentaban ponerse en fila para avanzar ordenadamente, pero el
sargento les gritó, Las cajas no están ahí, dejen la cuerda, déjenla, desplácense hacia la
derecha, la vuestra, la vuestra, idiotas, no hay que tener ojos para saber de qué lado está la
mano derecha. La advertencia fue hecha a tiempo, algunos ciegos de espíritu riguroso
habían entendido la orden al pie de la letra, si era la derecha, tenía que ser, lógicamente, la
derecha de quien hablaba, por eso intentaban pasar por debajo de la cuerda para ir en busca
de las cajas sabe Dios dónde. En circunstancias diferentes, lo grotesco del espectáculo
hubiera hecho reír a carcajadas al más grave de los observadores, era de partirse de risa,
unos cuantos ciegos avanzando a gatas, de narices casi contra el suelo, como gorrinos, un
brazo adelantado tentando el aire, mientras otros, tal vez con miedo a que el espacio
blanco, fuera de la protección del techo, los engullera, se mantenían desesperadamente
aferrados a la cuerda y aguzaban el oído, esperando la primera exclamación que señalaría
el hallazgo de las cajas. Los soldados sentían ganas de apuntar las armas y descargarlas
deliberadamente, fríamente, en aquellos imbéciles que se movían ante sus ojos como can-
grejos cojos, agitando las pinzas torpes en busca de la pata que les faltaba. Sabían lo que
había dicho en el cuartel aquella misma mañana el comandante del regimiento, que el
problema de los ciegos sólo podría resolverse a través de la liquidación física de todos
ellos, los habidos y los por haber, sin contemplaciones falsamente humanitarias, palabras
suyas, del mismo modo que se corta un miembro gangrenado para salvar la vida del
cuerpo, la rabia de un perro muerto, decía ilustrativamente, está curada por naturaleza. A
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