ENSAYO SOBRE LA CEGUERA ensayo sobre la ceguera - grados decimos | Page 44
Ensayo Sobre La Ceguera
José Saramago
la primera. Pero no se podía quejar mucho, aún tenía alguien a quien no le importaba
limpiarlo.
Tumbados en los camastros, los ciegos esperaban que el sueño se compadeciera de
su tristeza. Discretamente, como si hubiera peligro de que los otros pudieran ver el mísero
espectáculo, la mujer del médico ayudó al marido a asearse lo mejor posible. Había ahora
un silencio dolorido, de hospital, cuando los enfermos duermen, y sufren durmiendo.
Sentada, lúcida, la mujer del médico miraba las camas, los bultos sombríos, la palidez fija
de un rostro, un brazo que se movía en sueños. Se preguntaba si alguna vez se quedaría
ciega como ellos, qué razones inexplicables la habrían preservado hasta ahora. Con un
gesto fatigado se llevó las manos a la cara para apartar el pelo, y pensó, Vamos todos a oler
mal. En aquel momento, empezaron a oírse unos suspiros, unos gemidos, unos jadeos,
primero sofocados, murmullos que parecían palabras, que debían de serlo, pero cuyo
significado se perdía en un crescendo que las iba convirtiendo en sonido ronco, en grito y,
al fin, en estertor. Alguien protestó desde el fondo de la sala, Puercos, son como cerdos.
No eran puercos, sólo un hombre ciego y una mujer ciega que probablemente nunca
sabrían uno del otro más que esto.
Un estómago que trabaja en falso amanece pronto. Algunos de los ciegos abrieron
los ojos cuando la mañana aún venía lejos, y no fue por culpa del hambre sino porque el
reloj biológico, o como se llame eso, estaba desajustándose, supusieron que era ya día
claro, y pensaron, Me he quedado dormido, y pronto comprendieron que no, allí estaba el
roncar de los compañeros que no daba lugar a equívocos. Dicen los libros, y mucho más la
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