ENSAYO SOBRE LA CEGUERA ensayo sobre la ceguera - grados decimos | Page 43

Ensayo Sobre La Ceguera José Saramago una gran diferencia entre cavar sepulturas a la luz del día y después de la caída del sol. En el momento en que entraban en la sala, sudados, sucios de tierra, llevando aún en las narices el primer hedor dulzón de la corrupción, repetía el altavoz las instrucciones consa- bidas. No hubo ninguna referencia a lo que había pasado, no se habló de tiros ni de muertos a quemarropa. Avisos como aquel de Abandonar el edificio sin previa autorización significará la muerte inmediata, o Los internos enterrarán sin formalidades el cadáver en el cercado, cobraban ahora, gracias a la dura experiencia de la vida, maestra suprema en todas las disciplinas, pleno sentido, mientras aquel otro que prometía cajas de comida tres veces al día resultaba grotesco sarcasmo o ironía aún más difícil de soportar. Cuando la voz calló, el médico, solo, porque empezaba a conocer los rincones de la casa, fue hasta la puerta de la otra sala para informar, Los nuestros están enterrados ya, Si ente- rraron a unos, también podían haber enterrado a los otros, respondió desde dentro una voz de hombre, Lo acordado fue que cada sala enterraría a sus muertos, nosotros contamos cuatro y los enterramos, Está bien, mañana enterraremos a los de aquí, dijo otra voz mas- culina, y luego, cambiando de tono, preguntó, No ha llegado más comida, No, respondió el médico, Pero el altavoz dijo que llegaría comida tres veces al día, Dudo que cumplan la promesa, Entonces habrá que racionar los alimentos que vayan llegando, dijo una voz de mujer, Parece una buena idea, si quieren, hablamos mañana, De acuerdo, dijo la mujer. Ya se retiraba el médico cuando oyó la voz del hombre que había hablado primero, A ver quién manda aquí, y se paró aguardando a que alguien respondiera, lo hizo la misma voz femenina, Si no nos organizamos en serio, van a mandar aquí el hambre y el miedo, como si no fuera vergüenza bastante que no haya ido nadie con ellos a enterrar a los muertos, Y por qué no los entierras tú, ya que eres tan lista y hablas tan bien, Sola no puedo, pero estoy dispuesta a ayudar, Mejor no discutir, intervino la segunda voz de hombre, mañana por la mañana trataremos de eso. El médico suspiró, la convivencia iba a ser difícil. Se dirigía ya a la sala cuando sintió una fuerte urgencia de evacuar. Desde el sitio donde se encontraba no tenía seguridad de dar con las letrinas, pero decidió aventurarse. Esperaba que alguien se hubiera acordado de llevar el papel higiénico que trajeron con las cajas de comida. Se equivocó dos veces de camino, angustiado porque apretaba la necesidad cada vez más, y ya estaba en las últimas, cuando, por fin, pudo bajarse los pantalones y ponerse en cuclillas sobre el agujero. Le asfixiaba el hedor. Tenía la impresión de haber pisado una pasta blanda, los excrementos de alguien que no acertó con el agujero o que había decidido aliviarse sin más. Intentó imaginar cómo sería el lugar donde se encontraba, para él era todo blanco, luminoso, resplandeciente, lo eran las paredes y el suelo que no podía ver y, absurdamente, concluyó que la luz y la blancura, allí, olían mal. Nos volveremos locos de horror, pensó. Luego quiso limpiarse, pero no había papel. Palpó la pared detrás de él, donde podrían