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Ensayo Sobre La Ceguera
José Saramago
fuese, que realmente los contagiados no eran muchos, quizá la mejor solución fuese ésta,
pedirles, Por favor, tengan compasión, dejen al menos una cajita para nosotros, puede que
no traigan más comida hoy, después de lo que ha sucedido. Los ciegos se movían como
ciegos que eran, a tientas, tropezando, arrastrando los pies, no obstante, como si estuviesen
organizados, supieron distribuir las tareas eficazmente, algunos de ellos, resbalando en la
sangre pegajosa y en la leche, empezaron de inmediato a retirar y transportar los cadáveres
hacia el cercado, otros se ocuparon de las cajas, una a una, las ocho que habían sido
arrojadas al suelo por los soldados. Entre los ciegos se encontraba una mujer que daba la
impresión de estar al mismo tiempo en todas partes, ayudando a cargar, haciendo como si
guiara a los hombres, cosa evidentemente imposible para una ciega, y, fuese por casualidad
o a propósito, más de una vez volvió la cara hacia el ala de los contagiados, como si los
pudiera ver o notase su presencia. En poco tiempo el zaguán quedó vacío, sin más señal
que la mancha grande de sangre, y otra pequeña rozándola, blanca, de la leche derramada,
aparte de esto, sólo las huellas cruzadas de los pies, pisadas rojas o simplemente húmedas.
Los contagiados cerraron resignadamente la puerta y fueron en busca de las migajas, era
tanto el desaliento que uno de ellos llegó a decir, y esto muestra bien lo desesperados que
estaban, Si vamos a quedarnos ciegos, si es ése nuestro destino, mejor sería irnos ya a la
otra parte, al menos tendríamos qué comer, Es posible que los soldados traigan todavía lo
nuestro, dijo alguien, Ha hecho usted el servicio militar, preguntó otro, No, Ya me lo
parecía.
Teniendo en cuenta que los muertos pertenecían a una y otra sala, se reunieron los
ocupantes de la primera y de la segunda con la finalidad de decidir si comían primero y
enterraban a los cadáveres después, o lo contrario. Nadie parecía tener interés en saber
quiénes eran los muertos. Cinco de ellos se tuvieron en la sala segunda, no se sabe si ya se
conocían de antes o, en caso de que no, si tuvieron tiempo y disposición para presentarse
unos a otros e intercambiar quejas y desahogos. La mujer del médico no recordaba
haberlos visto cuando llegaron. A los otros cuatro, sí, a ésos los conocía, habían dormido
con ella, por así decir, bajo el mismo techo, aunque de uno no supiera más que eso, y cómo
podría saberlo, un hombre que se respeta no va a ponerse a hablar de asuntos íntimos a la
primera persona que aparezca, decir que había estado en el cuarto de un hotel haciendo el
amor con una chica de gafas oscuras, la cual, a su vez, si es de ésta de quien se trata, ni se
le pasa por la cabeza que estuvo y está tan cerca de quien la hizo ver todo blanco. Los otros
muertos eran el taxista y los dos policías, tres hombres robustos, capaces de cuidar de sí
mismos, y cuyas profesiones consistían, aunque en distinto modo, de cuidar de los otros, y
ahí están, segados cruelmente en la fuerza de la vida, esperando que les den destino. Van a
tener que esperar a que estos que quedan acaben de comer, no por causa del acostumbrado
egoísmo de los vivos, sino porque alguien recordó sensatamente que enterrar nueve cuer-
pos en aquel suelo duro y con un solo azadón era trabajo que duraría al menos hasta la hora
de la cena. Y como no sería admisible que los voluntarios dotados de buenos sentimientos
estuvieran trabajando mientras los otros se llenaban la barriga, se decidió dejar a los
muertos para después. La comida venía en raciones individuales y era, en consecuencia,
fácil de distribuir, toma tú, toma tú, hasta que se acababa. Pero la ansiedad de unos cuantos
ciegos, menos sensatos, vino a complicar lo que en circunstancias normales habría sido
cómodo, aunque un maduro y sereno juicio nos aconseje admitir que los excesos que se
dieron tuvieron cierta razón de ser, bastará recordar, por ejemplo, que al principio no se
podía saber si la comida iba a llegar para todos. Verdad es que cualquiera comprenderá que
no es fácil contar ciegos ni repartir raciones sin ojos que los puedan ver, a ellos y a ellas.
Añádase que algunos ocupantes de la segunda sala, con una falta de honradez más que
censurable, quisieron convencer a los otros de que su número era mayor del que realmente
era. Menos mal que para eso estaba allí, como siempre, la mujer del médico. Algunas
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