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Ensayo Sobre La Ceguera
José Saramago
hoy dejamos las cajas a medio camino, que vengan ellos a buscarlas, estaremos atentos y,
al menor movimiento sospechoso, fuego con ellos. Se dirigió al puesto de mando, tomó el
micrófono y, juntando las palabras lo mejor que pudo, recurriendo al recuerdo de otras
semejantes oídas en ocasiones más o menos parecidas, dijo, El Ejército lamenta vivamente
haberse visto obligado a reprimir por las armas un movimiento sedicioso responsable de
una situación de riesgo inminente, cuya culpa directa o indirecta en modo alguno puede
hacerse recaer sobre las fuerzas armadas, se advierte en consecuencia que a partir de hoy
los internos recogerán la comida fuera del edificio, quedan advertidos que sufrirán las
consecuencias de cualquier tentativa de alteración del orden, como ha acontecido ahora y
como aconteció la pasada noche. Hizo una pausa, sin saber muy bien cómo tenía que
terminar, había olvidado las palabras adecuadas, que las había, sin duda, y no hizo más que
repetir, No hemos tenido la culpa, no hemos tenido la culpa.
Dentro del edificio, el estruendo de los disparos, con resonancia ensordecedora en
el espacio limitado del zaguán, había causado pavor. En los primeros momentos se creyó
que los soldados iban a irrumpir en las salas barriendo a balazos todo lo que encontraran en
su camino, que el Gobierno había cambiado de idea, optando por la liquidación física en
masa, hubo quien se metió debajo de la cama, algunos, de puro miedo, no se movieron,
pensando que era mejor no hacerlo, para poca salud más vale ninguna, si hay que acabar,
que sea rápido. Los primeros en reaccionar fueron los contagiados. Al oír los disparos,
huyeron pero, luego, el silencio los alentó a volver, y se acercaron de nuevo a la puerta que
daba acceso al zaguán. Vieron los cuerpos amontonados, la sangre sinuosa arrastrándose
lentamente por las losas como si estuviese viva, y las cajas de la comida. El hambre los
empujó hacia fuera, allí estaba el ansiado alimento, verdad es que iba destinado a los
ciegos, que luego traerían el que les correspondía a ellos, de acuerdo con el reglamento,
pero a la mierda el reglamento, nadie nos ve, y vela que va delante alumbra por dos, ya lo
dijeron los antiguos de todo tiempo y lugar, y los antiguos no eran lerdos. No obstante, el
hambre sólo tuvo fuerza suficiente para hacerles avanzar tres pasos, la razón se interpuso y
les advirtió que el peligro acecha a los imprudentes, en aquellos cuerpos sin vida, sobre
todo en la sangre, quién podría saber qué vapores, qué emanaciones, qué venenosos
miasmas estarían desprendiéndose ya de la carne destrozada de los ciegos. Están muertos,
no pueden hacernos nada, dijo alguien, la intención era tranquilizarse a sí mismo y a los
otros, pero fue peor el remedio, era verdad que los ciegos estaban muertos, que no podían
moverse, fijaos, ni se mueven ni respiran, pero quién nos dice que esta ceguera blanca no
será precisamente un mal del espíritu, y si lo es, partamos de esta hipótesis, los espíritus de
aquellos ciegos nunca habrían estado tan sueltos como ahora, fuera de los cuerpos, y por
tanto libres de hacer lo que quieran, sobre todo el mal, que, como es de conocimiento gene-
ral, siempre ha sido lo más fácil de hacer. Pero las cajas de comida, allí expuestas, atraían
irresistiblemente sus ojos, son de este calibre las razones del estómago que no atienden a
nada, aunque sea para su bien. De una de las cajas se derramaba un líquido blanco que se
iba acercando lentamente al charco de sangre, tiene todos los visos de ser leche, es un color
que no engaña. Más valerosos, o más fatalistas, que no siempre es fácil la distinción, dos
de los contagiados avanzaron, y estaban ya casi tocando con sus manos golosas la primera
caja cuando en el vano de la puerta que daba al ala de los ciegos aparecieron unas cuantas
personas. Puede tanto la imaginación, y en circunstancias mórbidas como ésta parece que
lo puede todo, que, para aquellos dos que habían ido de avanzada, fue como si los muertos,
de repente, se hubieran levantado del suelo, tan ciegos como. antes, ahora, pero mucho más
dañinos, porque sin duda estaría incitándoles el espíritu de venganza. Retrocedieron
prudentemente en silencio hasta la entrada de su sección, podía ser que los ciegos
comenzasen a ocuparse de los muertos, que eso era lo que mandaban la caridad y el
respeto, o, si no, que dejaran allí, por no haberla visto, alguna de las cajas, por pequeña que
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