ENSAYO SOBRE LA CEGUERA ensayo sobre la ceguera - grados decimos | Page 27
Ensayo Sobre La Ceguera
José Saramago
Tengo que abrir los ojos, pensó la mujer del médico. A través de los párpados
cerrados, las distintas veces que se despertó durante la noche, había visto la claridad
mortecina de las bombillas que apenas iluminaban la sala, pero ahora le parecía notar una
diferencia, otra presencia luminosa, quizá el efecto de las primeras luces del alba, aunque
bien podría ser ya el mar de leche anegándole los ojos. Se dijo a sí misma que contaría
hasta diez y que luego abriría los párpados, dos veces lo dijo, dos veces contó y dos veces
no los abrió. Oía la respiración profunda del marido en la cama de al lado, alguien roncaba,
Cómo irá la pierna de ése, se preguntó, pero sabía que en este momento no se trataba de
compasión verdadera, lo que quería era fingir otra preocupación, lo que quería era no tener
que abrir los ojos. Se abrieron un instante después, simplemente, y no porque lo hubiera
decidido. Por las ventanas, que empezaban a media altura de la pared y terminaban a un
palmo del techo, entraba la luz turbia y azulada del amanecer. No estoy ciega, murmuró, y
luego, alarmada, se incorporó en la cama, podía haberlo oído la chica de las gafas oscuras,
que ocupaba la cama de enfrente. Estaba durmiendo. En la cama de al lado, la que estaba
apoyada contra la pared, el niño dormía también; Hizo como yo, pensó la mujer del
médico, le ha dejado el sitio más protegido, débiles murallas seríamos, sólo una piedra en
medio del camino, sin otra esperanza que la de que en ella tropiece el enemigo, enemigo,
qué enemigo, aquí no va a venir nadie a atacarnos, podríamos haber robado y asesinado ahí
fuera y no vendrían a detenernos, nunca ese que robó el coche estuvo tan seguro de su
libertad, tan lejos estamos del mundo que pronto empezaremos a no saber quiénes somos,
ni siquiera se nos ha ocurrido preguntarnos nuestros nombres, y para qué, ningún perro
reconoce a otro perro por el nombre que le pusieron, identifica por el olor y por él se da a
identificar, nosotros aquí somos como otra raza de perros, nos conocemos por la manera de
ladrar, por la manera de hablar, lo demás, rasgos de la cara, color de los ojos, de la piel, del
pelo, no cuenta, es como si nada de eso existiera, yo veo, todavía veo, pero hasta cuándo.
La luz varió un poco, no podía ser la noche volviendo para atrás, sería el cielo, que por
cubrirse de nubes atrasaría la mañana. De la cama del ladrón llegó un gemido, Si se le ha
infectado la herida, pensó la mujer del médico, no tenemos nada para curarla, ningún
recurso, el menor accidente, en estas condiciones, puede convertirse en una tragedia,
probablemente eso es lo que ellos están esperando, que acabemos aquí uno tras otro,
muerto el perro, se acabó la rabia. La mujer del médico se levantó de la cama, se inclinó
hacia el marido, iba a despertarlo, pero no tuvo valor para arrancarlo del sueño y saber que
continuaba ciego. Descalza, paso a paso, fue hasta la cama del ladrón. Tenía los ojos
abiertos, fijos. Cómo está, susurró la mujer del médico. El ladrón movió la cabeza en
dirección a la voz y dijo, Mal, me duele mucho la pierna, ella iba a decirle, Déjeme ver,
pero se calló a tiempo, qué imprudencia, fue él quien no se acordó que allí sólo había
ciegos, actuó sin pensar, como habría hecho pocas horas antes, allá fuera, si un médico le
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