ENSAYO SOBRE LA CEGUERA ensayo sobre la ceguera - grados decimos | Seite 26
Ensayo Sobre La Ceguera
José Saramago
El niño estrábico fue el primero en salir del retrete, ni tenía por qué haber entrado.
Traía los pantalones enrollados hasta media pierna y se había quitado los calcetines. Dijo,
Ya estoy aquí, la mano de la chica de las gafas oscuras se movió inmediatamente en direc-
ción a la voz, no acertó a la primera ni a la segunda, pero a la tercera encontró la mano
vacilante del pequeño. Poco después apareció el médico, y luego el primer ciego, uno de
ellos preguntó, Dónde están, la mujer del médico había cogido ya un brazo del marido, el
otro brazo fue tocado y agarrado por la chica de las gafas oscuras. El primer ciego no tuvo
durante unos segundos quien lo amparase, después, alguien le puso una mano en el
hombro. Estamos todos, preguntó la mujer del médico, El de la pierna herida se ha
quedado aliviando otra urgencia, respondió el marido. Entonces, la chica de las gafas
oscuras dijo, Quizá haya otros retretes, empiezo a no aguantar más, perdonen, Vamos a ver
si los hay, dijo la mujer del médico, y se alejaron con las manos cogidas. Pasados unos diez
minutos, volvieron, habían encontrado un gabinete de consulta que tenía unos servicios
anejos. El ladrón salía ya del retrete, se quejaba de frío y de dolores en la pierna. Re-
hicieron la fila por el mismo orden en que vinieron y, con menos trabajo que antes y
ningún accidente, regresaron a la sala. Con habilidad, sin que se notara, la mujer del
médico les ayudó a alcanzar la cama correspondiente, la misma en que estaban antes. Fuera
de la sala, como si se tratara de algo obvio, recordó que la manera más fácil de que cada
uno encuentre su sitio era contar las camas a partir de la entrada, Las nuestras son las
últimas del lado derecho, la diecinueve y la veinte. El primero en avanzar por el pasillo fue
el ladrón. Estaba casi desnudo, tenía temblores, quería aliviar la pierna dolorida, razones
suficientes para que le dieran primacía. Fue yendo de cama en cama, palpando el suelo en
busca de la maleta, y cuando la reconoció dijo en voz alta, Aquí está, y añadió, Catorce, De
qué lado, preguntó la mujer del médico, El izquierdo, respondió, otra vez vagamente
sorprendido, como si ella debiera saberlo sin tener que preguntar. Luego le tocó el turno al
primer ciego. Sabía que su cama era la segunda a partir de la del ladrón, del mismo lado.
Ya no tenía miedo de dormir cerca de él, estando como estaba con la pierna en tan mísero
estado, a juzgar por los lamentos y los suspiros, apenas se podría mover. Cuando llegó,
dijo, Dieciséis izquierdo, y se acostó vestido. Entonces, la chica de las gafas oscuras pidió
en voz baja, Ayúdennos a quedarnos cerca de ustedes, enfrente, del otro lado, ahí
estaremos bien. Avanzaron juntos los cuatro, y rápidamente se instalaron. Pasados unos
minutos, el niño estrábico dijo, Tengo hambre, y la chica de las gafas oscuras murmuró,
Mañana, mañana comemos, ahora duerme. Luego abrió el bolso y buscó el frasquito que
había comp rado en la farmacia. Se quitó las gafas, inclinó hacia atrás la cabeza y, con los
ojos muy abiertos, guiando una mano con la otra, hizo gotear el colirio. No todas las gotas
cayeron en los ojos, pero la conjuntivitis, así tan bien tratada, no tardará en curarse.
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