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Ensayo Sobre La Ceguera
José Saramago
embalajes vacíos, Es curioso, dijo la mujer del médico, incluso no habiendo aquí nada de
comida, me sorprende que no haya gente viviendo. El médico dijo, Realmente, no parece
normal. El perro de las lágrimas soltó un aullido en tono muy bajo. De nuevo tenía el pelo
erizado. Dijo la mujer del médico, Hay aquí un olor, Siempre huele mal, dijo el marido, No
es eso, es otro olor, a podrido, Algún cadáver que esté por ahí, No veo ninguno, Entonces
será una impresión tuya. El perro volvió a gemir. Qué le pasa al perro, preguntó el médico,
Está nervioso, Qué hacemos, Vamos a ver, si hay algún cadáver pasamos de largo, a estas
alturas los muertos ya no nos asustan, Para mí es más fácil, no los veo. Atravesaron el
supermercado hasta la puerta que daba acceso al corredor por donde se llegaba al almacén
del sótano. El perro de las lágrimas los siguió, pero se detenía de vez en cuando, gruñía
llamándolos, luego el deber le obligaba a seguir andando. Cuando la mujer del médico
abrió la puerta, el olor se hizo más intenso, Realmente huele muy mal, dijo el marido,
Quédate tú aquí, vuelvo en seguida. Avanzó por el corredor, cada vez más oscuro, y el
perro de las lágrimas la siguió como si lo llevasen a rastras. Saturado del hedor a
putrefacción, el aire parecía pastoso. A medio camino, la mujer del médico vomitó. Qué
habrá pasado aquí, pensó entre dos arcadas, y murmuró luego, una y otra vez, estas
palabras mientras se iba aproximando a la puerta metálica que daba al sótano. Confundida
por la náusea, no había notado que en el fondo se percibía una claridad difusa, muy leve.
Ahora sabía lo que era aquello. Pequeñas llamas palpitaban en los intersticios de las dos
puertas, la de la escalera y la del montacargas. Un nuevo vómito le retorció el estómago,
fue tan violento que la tiró al suelo. El perro de las lágrimas aulló largamente, con un
aullido que parecía no acabar jamás, un lamento que resonó en el corredor como la última
voz de los muertos que se encontraban en el sótano. El médico la oyó vomitar, las arcadas,
la tos, corrió como pudo, tropezó y cayó, se levantó y cayó, al fin apretó un brazo de la
mujer, Qué ha pasado, preguntó, trémulo, ella sólo decía, Llévame de aquí, llévame de
aquí, por favor, por primera vez desde que le afectó la ceguera era él quien guiaba a la
mujer, la guiaba sin saber hacia dónde, hacia cualquier lugar lejos de estas puertas, de las
llamas que él no podía ver. Cuando salieron del corredor, los nervios de ella se desataron
de golpe, el llanto se convirtió en convulsión, no hay manera de enjugar lágrimas como
éstas, sólo el tiempo y la fatiga las podrán reducir, por eso el perro no se acercó, sólo
buscaba una mano para lamerla. Qué ha pasado, volvió a preguntar el médico, qué has
visto, Están muertos, consiguió decir entre sollozos, Quiénes están muertos, Ellos, y no
pudo continuar, Cálmate, me lo contarás cuando puedas. Unos minutos después, ella dijo,
Están muertos, Has visto algo, abriste la puerta, preguntó el marido, No, sólo vi que había
fuegos fatuos agarrados a las rendijas, estaban allí agarrados y danzaban, no se soltaban,
Hidrógeno fosforado resultante de la descomposición, Imagino que sí, Qué habrá ocurrido,
Seguro que dieron con el sótano, se precipitaron escaleras abajo en busca de comida, era
muy fácil resbalar y caer en aquellos escalones, y si cayó uno cayeron todos,
probablemente ni consiguieron llegar a donde querían, o si lo consiguieron, con la escalera
obstruida no consiguieron volver, Pero tú dijiste que la puerta estaba cerrada, La cerraron
seguramente los otros ciegos y convirtieron el sótano en un inmenso sepulcro, y yo tengo
la culpa de lo que ocurrió, cuando salí de aquí corriendo con las bolsas sospecharon que se
trataba de comida y fueron a buscarla, En cierto modo, todo cuanto comemos es robado de
la boca de los otros, y, si les robamos demasiado acabamos causando su muerte, en el
fondo, todos somos más o menos asesinos, Flaco consuelo, Lo que no quiero es que
empieces a cargarte tú misma con culpas imaginarias cuando ya apenas puedes soportar la
responsabilidad de sostener seis bocas concretas e inútiles, Sin tu boca inútil, cómo podría
vivir, Continuarías viviendo para sustentar a las otras cinco que nos esperan, La cuestión es
por cuánto tiempo, No será mucho más, cuando se acabe todo, tendremos que ir por esos
campos en busca de comida, recogeremos todos los frutos de los árboles, mataremos todos
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