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Ensayo Sobre La Ceguera
José Saramago
hecho con los zapatos, allí, a su vez, se desnudó, contemplando la ciudad negra bajo el
cielo pesado. Ni una pálida luz en las ventanas, ni un reflejo desmayado en las fachadas, lo
que estaba ante ella no era una ciudad, era una extensa masa de alquitrán que al enfriarse se
había moldeado a sí misma en formas de casas, tejados, chimeneas, todo muerto, todo
apagado. Apareció en la terraza el perro de las lágrimas, inquieto, pero ahora no había
llanto que enjugar, la desesperación era toda por dentro, los ojos estaban secos. La mujer
del médico sintió frío, se acordó de los otros, allí en medio de la sala, desnudos, esperando
no sabrían qué. Entró. Se habían convertido en simples siluetas sin sexo, manchas
imprecisas, sombras perdiéndose en la sombra, Pero para ellos no, pensó, ellos se diluyen
en la luz que los rodea, es la luz lo que no les deja ver. Voy a encender una luz, dijo, en
este momento estoy casi tan ciega como vosotros, Hay ya electricidad, preguntó el niño
estrábico, No, voy a encender un candil de aceite, Qué es un candil, volvió a preguntar el
niño, Luego te lo digo. Buscó en una de las bolsas de plástico una caja de fósforos, fue a la
cocina, sabía dónde guardaba el aceite, no necesitaba mucho, rasgó un paño de secar la
vajilla y con una tira hizo una mecha, luego volvió a la sala, donde estaba el candil, iba a
ser útil por primera vez desde que lo fabricaron, al principio no parecía que éste fuera su
destino, pero ninguno de nosotros, candiles, perros o humanos, sabe, al principio, todo
aquello para lo que venimos al mundo. Una tras otra, sobre los picos del candil, se
encendieron, trémulas, tres almendras luminosas que de vez en cuando se estiraban hasta
parecer que la parte superior de las llamas iría a perderse en el aire, después se recogían
sobre sí mismas, como si se volvieran densas, sólidas, unas pequeñas piedras de luz. La
mujer del médico dijo, Ahora ya veo, voy a buscaros ropa limpia, Pero nosotros estamos
sucios, dijo la chica de las gafas oscuras. Tanto ella como la mujer del primer ciego se
tapaban con las manos el pecho y el pubis, No es por mí, pensó la mujer del médico, es
porque la luz del candil las está mirando. Luego dijo, Mejor será tener ropa limpia en el
cuerpo sucio que llevar ropa sucia en el cuerpo limpio. Cogió el candil y fue a rebuscar en
los cajones de la cómoda, en los roperos, al cabo de unos minutos volvió, traía pijamas,
batas, faldas, blusas, vestidos, calzoncillos, camisetas, lo necesario para cubrir con
decencia a siete personas, verdad es que no todas eran de la misma estatura, pero en
delgadez parecían gemelas. La mujer del médico los ayudó a vestirse, el niño estrábico se
puso unos pantalones del médico, de esos de llevar a la playa y al campo, que nos
reconvierten a todos en niños. Ahora, ya podemos sentarnos, suspiró la mujer del primer
ciego, guíanos, por favor, no sabemos dónde ponernos.
La sala es igual a todas las salas, tiene una mesita en el centro, alrededor hay sofás
que bastan para todos, en éste se sientan el médico y su mujer, y con ellos el viejo de la
venda negra, en aquél la chica de las gafas oscuras y el niño estrábico, en el otro, la mujer
del primer ciego y el primer ciego. Están exhaustos. El niño se ha quedado dormido con la
cabeza en el regazo de la chica de las gafas oscuras, ya no se acuerda del candil. Pasó así
una hora, aquello era como una felicidad, bajo la luz suavísima los rostros mugrientos
parecían limpios, brillaban los ojos de los que no dormían, el primer ciego buscó la mano
de su mujer y la retuvo con la suya, gestos como éste indican hasta qué punto el descanso
del cuerpo puede contribuir a la armonía de los espíritus. Dijo entonces la mujer del
médico, Dentro de poco comeremos algo, pero antes tendríamos que ponernos de acuerdo
sobre cómo vamos a vivir aquí, tranquilos, no voy a repetiros el discurso del altavoz, para
dormir hay espacios suficientes, tenemos dos dormitorios que serán para los matrimonios,
en esta sala pueden dormir los demás, cada uno en un sofá, mañana saldré a buscar comida,
se está acabando la que tenemos, sería conveniente que uno de vosotros fuera conmigo
para ayudarme a traer las cosas, pero también para empezar a aprender los caminos de
casa, para reconocer las esquinas, un día puedo ponerme enferma o quedarme ciega yo
también, estoy siempre esperando que esto ocurra, entonces tendré que aprender de
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