ENSAYO SOBRE LA CEGUERA ensayo sobre la ceguera - grados decimos | Page 122
Ensayo Sobre La Ceguera
José Saramago
viven lo que está sucio acabará ensuciándose mucho más, y por eso les pide y agradece que
se descalcen en el rellano, cierto es que tampoco los pies están limpios, pero no hay
comparación, las toallas y las sábanas de la chica de las gafas oscuras sirvieron de algo, se
llevaron lo peor. Entraron, pues, descalzos, la mujer del médico buscó, y encontró, una
bolsa grande de plástico en la que metió todos los zapatos, a la espera de una limpieza en
forma, no sabía cuándo ni cómo, después la llevó a la terraza, el aire de fuera no va a em-
peorar por eso. El cielo empezaba a oscurecerse, había nubes cargadas, Ojalá llueva, pensó.
Con una idea clara de lo que era preciso hacer, volvió junto a sus compañeros. Estaban en
la sala, quietos, de pie a pesar de estar tan cansados, no se habían atrevido a buscar un
asiento, sólo el médico recorría vagamente los muebles con las manos, dejaba señales en la
superficie, era la primera limpieza que empezaba, algo de este polvo va ya agarrado a la
punta de los dedos. La mujer del médico dijo, Desnudaos todos, no podemos quedamos
como estamos, nuestras ropas están casi tan sucias como los zapatos, Desnudarnos,
preguntó el primer ciego, aquí, unos delante de los otros, no me parece bien, Si queréis, os
dejo a cada uno una parte de la casa, respondió irónicamente la mujer del médico, así no
habrá vergüenzas, Yo me arreglo aquí mismo, dijo la mujer del primer ciego, sólo tú me
puedes ver, y, además, no olvido que me viste peor que desnuda, mi marido es quien tiene
débil la memoria, No sé qué interés tienes en recordar cosas desagradables que ya han
pasado, rezongó el primer ciego, Si fueses mujer y hubieses estado donde nosotras
estuvimos, pensarías de otra manera, dijo la chica de las gafas oscuras mientras empezaba
a desnudar al niño estrábico. El médico y el viejo de la venda negra ya estaban desnudos de
cintura para arriba, ahora se estaban quitando los pantalones, el viejo de la venda negra le
dijo al médico, que estaba a su lado, Déjame apoyarme en ti para sacar los pantalones.
Estaban tan ridículos, los pobres, dando saltitos, que hasta daban ganas de llorar. El médico
perdió el equilibrio, arrastró en su caída al viejo de la venda negra, afortunadamente ambos
tomaron la cosa a risa, y ahora causaba ternura verlos allí, con sus cuerpos maculados por
todas las suciedades posibles, los sexos como empastados, pelos blancos, pelos negros, en
esto acababa la respetabilidad de una edad avanzada y de una profesión tan meritoria. La
mujer del médico les ayudó a levantarse, dentro de poco todo estará oscuro, nadie tendrá
motivo para sentirse avergonzado, Habrá velas en casa, se preguntó, la respuesta fue
recordar que tenía en casa dos reliquias de la iluminación, un antiguo candil de aceite, con
tres picos, y una vieja lámpara de petróleo, de las de chimenea de vidrio, por hoy este
candil servirá, aceite tengo, la mecha se improvisa, mañana iré a buscar petróleo por las
droguerías, será mucho más fácil encontrar petróleo que encontrar una lata de conservas,
Sobre todo si no la busco en las droguerías, pensó, sorprendiéndose a sí misma por ser
capaz aún, en esta situación, de bromear. La chica de las gafas oscuras se estaba
desnudando lentamente, de una manera que parecía que iba a quedarle siempre, por mucha
ropa que se quitase, una última pieza cubriéndola, no se entiende a qué viene ahora este
recato, pero si la mujer del médico estuviera más cerca, vería cómo se está ruborizando su
cara, pese a la suciedad, que entienda a las mujeres quien pueda, a una le han llegado de
repente los pudores tras haber andado acostándose con hombres a los que apenas conocía,
la otra sabemos que sería muy capaz de decirle al oído, con toda la tranquilidad del mundo,
No tengas vergüenza, él no te puede ver, se referiría a su propio marido, claro, no
olvidemos cómo él fue a tentarla a su cama y ella no lo recusó, son mujeres, quien las
entienda que las compre, Aunque quizá la razón sea otra, hay aquí dos hombres desnudos
más, y uno de ellos la recibió en su cama.
La mujer del médico recogió las ropas que habían quedado en el suelo, pantalones,
calzoncillos, camisas, una chaqueta, camisetas, alguna ropa interior pegajosa de
inmundicia, a ésta ni un mes de remojo en el barreño le devolvería la limpieza, hizo un
brazado con todo, Que