La misma lógica que usaron los integrantes de “La Vacilona”, la podemos
ver en los titiriteros más activos que hemos encontrado en la primera
mitad del siglo XX: la Familia Freer.
Los Freer, empezando por el patriarca don Pedro, a inicios del siglo XX;
hicieron del entretenimiento popular una tradición que pasaba de padres a
hijos: carruseles, mascaradas y claro, títeres están entre sus
emprendimientos; además de sus recordadas clínicas de muñecos. Por
supuesto, los títeres que durante alrededor de 50 años estuvieron en
activo, eran básicamente, títeres de guante. Cierto es que había algunos
números musicales interpretados por marionetas; pero el guiñol era el más
común de los usados por estos artistas de plazas y turnos.
Los Freer nos dan varias coordenadas de lo que debió ser el arte de los
títeres, no sólo a lo largo del siglo XX; sino que posiblemente hasta tiempos
de la colonia. Ellos usaron títeres gigantes, que no siempre son reconocidos
como tales. Cercanos a otros personajes; como el ancestral toro del baile
de los Diablitos borucas o la centenaria Yegüita de Nicoya, estamos
hablando de la Giganta y los mantudos.
Estos muñecos enormes, pueden ser considerados títeres de jinete; títeres
en los que partes del cuerpo del manipulador sostiene y complementan la
figura que se busca representar. Ciertamente, la giganta es más que una
máscara o un traje. Sería más exacto definirla como un títere de gran
formato que el manipulador anima con todo su cuerpo. Es, después de
todo, una muñeca que cobra vida gracias a la destreza de un individuo.
Los mismos personajes y técnicas de construcción que se empleaban de la
mascarada, se usaron en guiñoles y muñecos de pequeño formato.
Retomando a los Freer como ejemplo; sus calaveras o su diablo eran
prolongaciones temáticas, estéticas y técnicas de los títeres de gran
formato, como la giganta.
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Así pues, la herencia titiritera popular más antigua y sólida de nuestro país,
apunta hacia lo enorme y lo pequeño; siempre con técnicas constructivas y
unas estéticas muy similares.
Hoy en día, artesanos costarricenses han vuelto, de forma espontánea, a
convertir a los personajes de las mascaradas en estatuas decorativas y
títeres de gigante. Así pues, se puede descubrir una línea artística popular
que nos lleva de la Gigante al Guante.
Resultaría muy estimulante, y podría abrir una línea de investigación
maravillosa, si los creadores escénicos tomamos esta corriente de
exploración popular centenaria y buscáramos una estilización de las
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