EL SEÑOR DE LAS SOMBRAS (Biografía no autorizada de Alvaro Uribe) 1 | Page 67
pluma en la cabeza que en las películas hacen ao, ao, ao? - Esos.
Pero sigue, te interrumpí. - Bueno. Los caciques, Ignacio Vélez
Escobar, J. Emilio Valderrama, William Jaramillo y Federico Estrada
Vélez... - El del federiquismo - anotó ella -. Y te juro que no te
vuelvo a interrumpir. - Los caciques pidieron que hubiera una crisis
general. El gobernador estuvo de acuerdo. Le mandó decir al
alcalde que esperaba su renuncia protocolaria. Pero se lo dijo con
muy poco protocolo: no lo hizo él, sino por medio de un secretario.
Y, además, le anunció que lo ratificaría pero sólo cuando cambiara
uno o dos miembros de su gabinete. El alcalde se puso furioso. Se
negó a renunciar. Intervino el presidente. El alcalde habló con el
gobernador. No llevó su renuncia y le pidió que le dijera qué
cambios eran los que iba a ordenar. El gobernador se negó a
decirle ninguna cosa. El alcalde salió del despacho, furioso, y
mandó su renuncia irrevocable. Y se fue. ¿No te parece muy raro? -
Pues sí - dijo ella -. ¿Para qué tantas idas y venidas si
tranquilamente le hubieran podido decir que se fuera? - No. Por
ahí no es la cosa. La cosa es por el lado del fastidio entre alcalde y
gobernador. Que no radica en que el uno fuera viejo y el otro joven,
o que el uno fuera cacique y el otro no, porque ambos eran
igualmente marrulleros y ambos igual de caciques. Pero acuérdate
que Villegas se la tenía jurada porque conocía algunos de sus
antecedentes, y por eso le había pedido a sus íntimos que
“estuvieran atentos” para sacarlo en cualquier momento. Pues lo
logró. Uribe salió, pero no por esa crisis mentirosa. Esa crisis fue la
utilería para ocultarle al país entero, pero sobre todo a Escobar, la
verdadera razón de su renuncia. - ¿Y cuál fue? - preguntó ella
sinceramente sorprendida. -Pásmate - dijo él -. Resulta que en ese
momento el Cartel de Medellín, que apenas comenzaba a
formarse, se sentía dueño de la situación. Los narcotraficantes
estaban metidos en todas partes. Ya habían comenzado a infiltrar
las campañas políticas. En el Departamento tenemos todas las
pruebas contra Belisario Betancur. Ahí está, debidamente
documentado, que recibió veinte millones de pesos de un
individuo llamado Jáder Álvarez, narcotraficante confeso, y que lo
hizo delante de la cúpula de su campaña, integrada, entre otros,
por los señores Hernán Beltz, que era el tesorero, y Augusto
Ramírez Ocampo, que era el director nacional. Álvarez protagonizó
después una horrible tragedia. En una vendetta de la mafia, le
secuestraron los tres hijitos pequeños y se los mataron. La guerra
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